martes, 21 de abril de 2015

Espiritualidad ilustrada


Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Los voceros de un pietismo oscurantista pretenden que la verdadera espiritualidad menosprecia la ilustración y la cultura. Quieren que la ignorancia se escude tras una sedicente santidad. Hacen de la inteligencia una bohardilla separada del alma y suponen que el alma puede gozar de luz cuando la inteligencia está en tinieblas.

Encontré una vez, en una Universidad de los Estados Unidos, a un joven estudiante, miembro del movimiento llamado Juventud para Cristo parado ante la mesa en que se exhibían los libros recomendados durante una campaña de evangelización estudiantil. “¿Ve usted todos esos libros? –me dijo. Pues yo no necesito leerlos para la salud de mi alma”.

Ciertamente, el saber mucho no salva, pero un cristiano redimido que sabe mucho y pone lo que sabe al servicio de su Redentor puede ser en las divinas manos un instrumento más útil. San Pablo dijo: “si yo tuviese toda la ciencia… y no tengo amor, nada soy”. Pero dijo lo mismo de la fe. Y a los filipenses encargaba: “Que vuestro amor abunde más y más en ciencia y en todo conocimiento para que discernáis lo mejor”.

El movimiento metodista fue la irrupción de una nueva y honda espiritualidad, pero de una espiritualidad ilustrada. Una espiritualidad que desde los comienzos procuró difundir y emplear la educación y la lectura de buenos libros. Los clérigos oficiales de la época, atiborrados de latines, metafísicas y teologías, fruncían la nariz ante los predicadores y congregantes metodistas, tildándolos de turbas ignorantes. Y es cierto que la gran mayoría provenía de las capas ignaras del pueblo. Pero Wesley no los conservó ignorantes. Mucho menos les embotó la mente con la pampirolada de que la santidad no necesita ilustrarse.

A sus predicadores les prescribía cursos de lectura sistemática sobre los que se les examinaba. Les demandaba “cuando menos cinco horas de cada veinticuatro dedicadas a la lectura de los libros más útiles”. Sin leer extensamente –decía- no puede uno “ser jamás un predicador profundo ni tampoco un completo cristiano”. Poniendo por ejemplo, el Fundador era un lector voraz sobre una gran variedad de asuntos. Tenía un interés especial por la física y, dentro de ellas, por la electricidad. Devoró cuando le cayó en mano de los escritos de Franklin, Priestley y otros famosos físicos de la época. Hacía él mismo experimentos con máquinas eléctricas. De modo particular le interesaba la aplicación de la electricidad a la medicina, otra ciencia que estudió con asiduidad. Hasta escribió un curioso libro intitulado Física Primitiva (método fácil y natural de curar la mayoría de enfermedades).

identidad wesleyana: espiritualidad ilustrada
Personalmente preparó su famosa BIBLIOTECA CRISTIANA, compuesta de cincuenta volúmenes, que hizo publicar, abreviando y condensando, para hacerlas más accesibles al pueblo, obras de los mejores autores. Fue una de las más notables y primeras colecciones de divulgación y cultura popular de los tiempos modernos. Estableció “Salones de Lectura”. Encomendó a sus predicadores la difusión intensa y constante de libros, encareciendo que cada uno de ellos fuese un “Mayordomo del Libro”.

Los metodistas, aun los más pobres y humildes, iban formando en sus hogares –cosa inaudita hasta entonces- pequeñas colecciones de libros, las primeras bibliotecas privadas entre las masas populares de aquel tiempo. Los predicadores itinerantes, que recorrían kilómetros y kilómetros a caballo, llegaban a las más apartadas aldeas con las alforjas de sus monturas llenas de libros y folletos. Wesley formó un fondo especial para proveer de libros a muy bajo costo a las gentes más pobres. Escribió la REVISTA ARMINIANA. El metodismo fue, en una palabra, el primer gran movimiento moderno de educación de los adultos y de difusión popular de la cultura.

Añádase a esa tenaz campaña a favor de la lectura, la fundación de escuelas elementales para chicos y grandes, entre ellas aquellas primitivas Escuelas del Domingo, precursoras de las Escuelas Dominicales de Roberto Raikes y que eran, como se sabe, no solo escuelas de instrucción religiosa, sino de primeras letras e iniciación en las artes y las ciencias. “Predicad expresamente en pro de la educación”, era la consigna de Wesley a sus predicadores. Y cuando alguno objetaba: “Pero es que yo no tengo don para eso”, la respuesta del Fundador no se hacía esperar: “Con don o sin él, tienes que hacerlo: de otro modo, no estás llamado a ser un predicador metodista”. Con razón dice de él la Enciclopedia Británica: “Ningún hombre hizo tanto en el siglo dieciocho para crear el gusto por la buena lectura y para proveerlo con libros a los más bajos precios”.

Por eso el avivamiento metodista fue no solo un resurgimiento de la espiritualidad, sino un verdadero renacimiento de la cultura y la educación popular. La santidad que Wesley predicaba no era la SANCTA SIMPLICITAS –la “santa ignorancia” del oscurantismo. Era un fulgor de luz en el corazón, que llegaba a la inteligencia. Quería que sus predicadores fuesen piadosos, sí, ante todo, pero a la vez ilustrados, estudiosos, lectores asiduos, e infatigables diseminadores de la educación y la cultura.

Nada más fácil que hacer de una falsa piedad la cobertura de la indolencia y el enmohecimiento intelectuales. Nada más que pretender disimular, con una sarta de frases pías, ya bien memorizadas y sobadas, la falta de estudio y preparación. Nada más fácil que suplir la solidez del pensamiento y el fervor auténtico, jamás reñido con la ilustración, apelando al clamor de platillos y redoble de tambores de una “elocuencia” inflada y lacrimosa. Pero nada de eso tiene derecho a apellidarse “metodista” porque el metodismo genuino fue, ha sido y debe seguir siendo PIEDAD CULTA, SANTIDAD INTELIGENTE Y ESPIRITUALIDAD ILUSTRADA.


Fragmento (3 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Un entusiasmo racional.


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