lunes, 4 de mayo de 2015

Un ministerio Laico

Un ministerio laico - Historia del Metodismo

Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Fue providencial que el clero de la Iglesia Anglicana, a que Juan Wesley perteneció hasta su muerte, se mostrase hostil al movimiento metodista. Así nació una de las instituciones más características de esta: EL MINISTERIO LAICO.

Sabido es que en los planes originales del reformador no figuraba la creación de una nueva denominación o iglesia parte. Había querido en un principio que el avivamiento, cuyas oleadas de fuego estaban incendiando a toda Inglaterra, viniera a constituir una especia de ORDEN LAICO dentro de la Iglesia oficial. Los primeros núcleos metodistas se llamaron, por esa razón, simplemente SOCIEDADES. Para ministrarles los sacramentos, la predicación de la Palabra, y los demás “medios de gracia”, Wesley contaba con que un número suficiente de ministros ordenados perteneciente al clero anglicano, se unirían al movimiento.

Pero no fue así. No solo el ministerio anglicano se abstuvo, en general, de unirse con el metodismo, sino que lanzó contra este una encarnizada ofensiva desde los púlpitos y los cabildos. Al propio Wesley, no obstante sus órdenes legítimas, según el anglicanismo, se le cerraron los templos y los púlpitos. Y sin embargo, a medida que el movimiento crecía, con la fuerza de un torrente en empinado declive, y se engrosaban las multitudes ávidas de nutrición espiritual, más agudo se hacía el problema de contar con un número también creciente de ministros que pudieran eficazmente pastorearlas.

Por algún tiempo, Juan Wesley no pudo hallar la solución. Educado dentro de los cánones estrictos de la Iglesia Anglicana, se aferraba a dos normas en cuanto al ministerio: 1ra. Que solo los que hubieran recibido las órdenes eclesiásticas podían ministrar espiritualmente al pueblo. 2da. Que únicamente los obispos que estaban dentro de la “sucesión apostólica” podían conferir órdenes ministeriales válidas. Con este criterio, el reformador se hallaba en un callejón sin salida; le faltaban cada vez más ministros; los ministros ordenados que se le unían eran escasísimos; los obispos anglicanos se negaban a ordenar candidatos metodistas al ministerio. ¿Qué hacer?

Cuando Dios le envió la solución, Wesley no pudo reconocerla en un principio, y hasta la rechazó escandalizado. Entre los numerosos convertidos de Bristol, había un artesano casi iletrado, Tomás Maxfield, a quien, como a otros, el reformador había encomendado leer la Biblia acompañando algunas explicaciones elementales, a las sociedades, pero con la advertencia precisa de que no intentara predicar, función –según criterio aludido- exclusiva de los eclesiásticos.

Pues bien, llevado de su celo, Maxfield se echó a predicar. Y su predicación estaba henchida de poder. Pero a Wesley le disgustó aquel atrevimiento: “¡Tomás Maxfield ha resultado predicador!” Fue Susana, la madre de Juan, quien a esta exclamación respondió con un consejo histórico. No obstante que ella misma estaba imbuida de las normas anglicanas, su intuición de mujer de alta espiritualidad, la puso por encima de todo rigorismo eclesiástico: “Juan –le respondió- tú sabes cuál ha sido mi modo de sentir. No puedes sospechar que yo esté dispuesta a favorecer, sin más ni más, ninguna cosa de esa especie. Pero ten cuidado con lo que haces respecto a ese joven, porque Dios lo ha llamado a predicar tan seguramente como te ha llamado a ti. Considera cuáles hayan sido los frutos de su predicación y escúchalo personalmente”. Juan fue a oír al flamante predicador y no pudo menos que exclamar: “¡Esto es cosa del Señor! Haga El lo que a El bien le pareciere”.

identidad metodista: un ministerio laicoAquel día de 1742, nació el ministerio laico metodista. Tras Maxfield, vinieron otros por decenas y luego por centenares. Vencidos sus escrúpulos, Wesley los comisionaba a predicar. Artesanos, campesinos, profesionistas, sin abandonar sus medios de sustento, primero fueron formando las heroicas brigadas de ministros laicos. Por otra parte, Wesley había organizado las sociedades en CLASES o grupos, cada uno al cuidado de un director laico que ejercía con respeto a aquel puñado de almas, casi todas las funciones de un pastor auxiliar. Unos y otros fueron los adalides del metodismo, a cuyos esfuerzos abnegados y persistentes se debió en gran parte la rápida difusión del movimiento.

Y así se recuperó un aspecto olvidado y soterrado del primitivo cristianismo: el de haber sido ante todo y sobre todo un movimiento laico, dirigido por laicos. Un movimiento sin vallas jerárquicas, sin clero o casta sacerdotal, sin burocracias eclesiásticas. Un movimiento en que todo creyente recibía por ministerio del Espíritu Santo, órdenes sagradas de testigo y anunciador del Evangelio. Un movimiento en que, si bien había, como debe haber, diversidad de dones y por tanto de ministerios, no se establecían distinciones llamando a unas “profanas” y a otras “sagradas”, cuando la vida del creyente se había consagrado a su Señor. Un movimiento, en fin, que tiene por Cabeza a Quien fue, conforma a la carne, un artesano de provincia y de quien se dice (Heb 8:4) que “si estuviese sobre la tierra, ni aún sería sacerdote”. Pues su “sacerdocio inmutable” era un sacerdocio espiritual del cual El se digna hacer partícipes, y al cual El llama, a todos y cada uno de los que creen en El y lo siguen.

Así, con su ministerio laico, el metodismo sacó de nuevo a luz, y encarnó dramáticamente la verdad evangélica de que todas las vocaciones pueden ser sagradas. Pues no es la índole del oficio o profesión lo que los constituye en “profanos” o “sagrados”, sino la calidad de vida de quien los ejerce, la medida de su entrega al servicio (“ministerio” quiere decir “servicio”) de su Salvador. Y cuando, cualquiera que sea el campo particular de servicio a que El llama, son de El las órdenes que se reciben, esas órdenes son indiscutiblemente ÓRDENES SAGRADAS.

Esto, por supuesto, de ningún modo anula la necesidad de que exista un ministerio más específico, para el desempeño de funciones más concretas, desde el punto de vista de la organización, gobierno y disciplina institucionales. Un ministerio cuya señal e investidura es la ceremonia de la ordenación eclesiástica propiamente dicha, y del cual se espera la dedicación total de su tiempo a las labores de la predicación, la administración de los sacramentos y el pastoreo de las almas, y al cual le están vedados los trabajos y negocios seculares. La Iglesia los aparta para el cumplimiento exclusivo de esa comisión y para ello provee a su sostén material.

Pero este ministerio específico no constituye clase o casta por separado. Mucho menos otorga en sí mismo, aparte de la calidad de vida, fidelidad y consagración personales de quien lo profesa, ninguna superioridad, privilegio o procedencia en el reino de los cielos. No confiere más honra que la de Dios otorga a quienes en esa u otra profesión lo honren a El primero, y de ese modo honren el ministerio, y honrándolo, se honren a sí mismos. Recibe credenciales que le son necesarias para fines de organización aquí en la tierra, pero no son esas las credenciales que le servirán de “pase” cuando haya de comparecerse ante la presencia del Señor. Ya San Pablo lo definió de una vez por todas: “Y hay repartimiento de MINISTERIOS; mas el mismo Señor es” y la cuestión de las jerarquías y las categorías, el propio Señor Jesús la decidió con palabras que no serán revocadas: “Si alguno quiere ser el primero, sea el postrero de todos y el servidor de todos”.

Fragmento (5 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.


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