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lunes, 11 de mayo de 2015

Disciplina democrática

Disciplina democrática - Reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy

Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Juan Wesley gobernó el movimiento metodista desde sus comienzos con dulzura y amor no exentos de firmeza y energía cuando se hicieron necesarias. Pero lo gobernó centralizando en su persona la autoridad para las decisiones finales. En términos francos, él era la autoridad suprema del metodismo naciente. Fue en cierto modo un dictador eclesiástico.

No obstante, siempre concibió esa autoridad prácticamente absoluta como una mera medida de emergencia. La oposición que encontraba el metodismo, por un lado,  por otro las apremiantes necesidades espirituales del movimiento, cuyas filas engrosaban de modo sorprendente, exigían rapidez de acción y una disciplina de lucha y de trabajo semejante a las requeridas en una campaña militar. Por esa razón Wesley asumió facultades de general en jefe y organizó a sus predicadores como oficiales, y a los metodistas todos como soldados. Estudiaba los problemas en oración y a la vista de la Palabra de Dios; buscaba también el consejo y las opiniones de sus hermanos, pero se reservaba siempre el derecho de tomar él la decisión final, y de hacerla ejecutar con prontitud y sin vacilaciones.

Pero sería un grave error histórico tildar a Wesley de espíritu autocrático y arbitrario. Nunca pensó que el metodismo se gobernara perpetuamente de la misma manera en que las circunstancias lo obligaron a él a gobernarlo. Y la prueba es que mucho antes de morir dispuso que tan pronto faltara él, el gobierno de las comunidades metodistas pasara plenamente a las Conferencias Anuales, las cuales se habrían de conducir como verdaderos parlamentos democráticos. El metodismo vino a ser, al fin y al cabo, en su misma esencia, un movimiento profundamente democrático.

La experiencia de Wesley en Aldersgate no fue solamente la conversión de una religión de justificación propia a una religión de libre gracia. Fue también la conversión de un sacerdotalismo rígido y de un orden jerárquico a una fe democrática y a un sistema popular. Con su Club de los Santos, Wesley había ensayado el método del rigor, de las disciplina tierra fría y árida, esperando que en ese clima floreciera una verdadera piedad. Fue el  mismo espíritu que llevó a su obra misionera de Georgia, y que lo hizo fracasar allí. En Aldersgate obtuvo un nuevo y profundo sentido de la dignidad y libertad de la persona humana, que no ha de gobernarse con simples actos de autoridad, ni puede desarrollarse en un clima de mandatos absolutos y rigorismos legales. Después de Aldersgate, Wesley supo combinar el orden con la democracia y la disciplina con la libertad.

Aunque era ministro anglicano, y hasta su muerto siguió siéndolo, Juan Wesley no estableció para su movimiento una jerarquía clerical de tipo monárquico. Solo estableció “superintendentes” que podían ordenar ministros; y esto último lo autorizó obligado por la renuencia de las autoridades anglicanas a dispensar la ordenación llamada “apostólica” a los predicadores metodistas. El episcopado metodista nació en los Estados Unidos, y su aparición se debió en gran parte al hecho de que dicha nación se había independizado de Inglaterra y el metodismo norteamericano quiso constituirse autónomo. Aún así, el episcopado metodista no ha sido nunca un rango autoritario y una casta jerárquica. Era todavía menos que una monarquía constitucional. Asbury y los obispos que le sucedieron, quisieron seguir siendo simples “superintendentes generales”, epískopos en el sentido neotestamentario de un sobreveedor, y no de una autoridad jerárquica.

Identidad WesleyanaEl aliento democrático del metodismo brotaba de su hincapié en la libertad interior, que igual que cuando brotó la reforma del siglo XVI, fue el pivote esencial del movimiento. La “pasión por la justicia y la libertad interior fueron la esencia de la cruzada evangélica: “de ello no puede haber duda” dice J. W. Bready. Y son del propio Wesley, en sus Pensamientos Sobre la Esclavitud, las siguientes palabras que ondean como una magnífica bandera de emancipación: “Dad libertad a quien se debe libertad, esto es, a todo hijo de hombre, a todo participantes de la naturaleza humana. ¡Fuera con todos los látigos, todas las cadenas, todas las imposiciones!”.

No podía ser partidario de una autocracia eclesiástica, quien tanto insistía, como Wesley, en el libre albedrío humano. En la organización interna del movimiento metodista, los grupos denominados “clases” fueron verdaderos almácigos de una educación democrática. En aquellos grupos había oportunidad para el cambio de opiniones y la discusión. El director de clase era simplemente un hermano mayor. Y su carácter laico era una garantía contra cualquier intento de constituirse en jerarquía clerical con poderes omnímodos sobre la masa de los fieles. Las “clases” metodistas eran verdaderas células, no solamente para el crecimiento espiritual, sino también para la educación democrática de quienes las formaban. Con mucha razón dice Dobbs: “Un círculo de obreros o mecánicos, a quienes guiaba en el culto o en la conferencia uno perteneciente a sus propias filas, fue un gran paso para la democracia”.

Para Wesley y el metodismo original, la disciplina no es precisamente la afirmación de un principio de autoridad jerárquica o la institución de poderes autocráticos en quienes gobierna la Iglesia; la disciplina es cosa más bien de dominio propio, de autogobierno personal, de orden y eficiencia práctica para servir mejor a los intereses del Evangelio. Por eso el verdadero centro y base de la Disciplina Metodista, lo constituyen las reglas de disciplina y conducta personal, de carácter y comportamiento éticos, que Wesley aconsejó a los predicadores y a los fieles. Pretender hacer de la Disciplina una coraza de acero, una especie de Talmud estricto y autoritario, es falsear su verdadero espíritu y sentido.

El metodismo fue un movimiento de masas, el despertamiento del hombre del pueblo, del hombre común, a un nuevo sentido de dignidad e independencia espiritual. En tal virtud fue intensa y genuinamente democrático. Autorizados historiadores y sociólogos han llegado a la conclusión de que al metodismo se debe el aliento que animó a ese ejemplo de democracias que es la democracia inglesa. Mientras el pueblo de Francia se lanzaba por cauces de violencia a una revolución de terror y guillotina, en Inglaterra, merced en gran parte a la inspiración del avivamiento metodista, la revolución del pueblo asumió la forma de una pacífica pero profunda transformación política, social, económica, moral y espiritual.

El metodismo realizó solo con una base espiritual y hondo contenido ético, las divisas de la Francia revolucionaria: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. La religión fue, en el metodismo, “una religión del pueblo, para el pueblo y por el pueblo” (Bready). Ningún despotismo, civil o eclesiástico, es compatible con el genio y espíritu del metodismo. Porque desde sus principios, el metodismo fue una democracia disciplinada y una disciplina democrática.

Palabra final
Que el metodismo mantenga su tradición de avivamiento evangélico, entusiasmo racional, espiritualidad ilustrada, evangelismo revolucionario, ministerio laico y disciplina democrática: tal es el reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy.

Mejor dicho, el reto de Cristo, porque Wesley no fue más que el profeta de una época, mediante quien Jesucristo nuestro Señor hizo llegar al mundo de entonces su ardiente llamamiento a una renovación espiritual. Responder a este llamado de Cristo, será, pues, la mejor manera como el metodismo mexicano puede conmemorar la epopeya religiosa iniciada por Wesley en obediencia a la voz celestial.

Fragmento (6 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.


También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.
Quinta entrega: Un ministerio laico.


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lunes, 4 de mayo de 2015

Un ministerio Laico

Un ministerio laico - Historia del Metodismo

Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Fue providencial que el clero de la Iglesia Anglicana, a que Juan Wesley perteneció hasta su muerte, se mostrase hostil al movimiento metodista. Así nació una de las instituciones más características de esta: EL MINISTERIO LAICO.

Sabido es que en los planes originales del reformador no figuraba la creación de una nueva denominación o iglesia parte. Había querido en un principio que el avivamiento, cuyas oleadas de fuego estaban incendiando a toda Inglaterra, viniera a constituir una especia de ORDEN LAICO dentro de la Iglesia oficial. Los primeros núcleos metodistas se llamaron, por esa razón, simplemente SOCIEDADES. Para ministrarles los sacramentos, la predicación de la Palabra, y los demás “medios de gracia”, Wesley contaba con que un número suficiente de ministros ordenados perteneciente al clero anglicano, se unirían al movimiento.

Pero no fue así. No solo el ministerio anglicano se abstuvo, en general, de unirse con el metodismo, sino que lanzó contra este una encarnizada ofensiva desde los púlpitos y los cabildos. Al propio Wesley, no obstante sus órdenes legítimas, según el anglicanismo, se le cerraron los templos y los púlpitos. Y sin embargo, a medida que el movimiento crecía, con la fuerza de un torrente en empinado declive, y se engrosaban las multitudes ávidas de nutrición espiritual, más agudo se hacía el problema de contar con un número también creciente de ministros que pudieran eficazmente pastorearlas.

Por algún tiempo, Juan Wesley no pudo hallar la solución. Educado dentro de los cánones estrictos de la Iglesia Anglicana, se aferraba a dos normas en cuanto al ministerio: 1ra. Que solo los que hubieran recibido las órdenes eclesiásticas podían ministrar espiritualmente al pueblo. 2da. Que únicamente los obispos que estaban dentro de la “sucesión apostólica” podían conferir órdenes ministeriales válidas. Con este criterio, el reformador se hallaba en un callejón sin salida; le faltaban cada vez más ministros; los ministros ordenados que se le unían eran escasísimos; los obispos anglicanos se negaban a ordenar candidatos metodistas al ministerio. ¿Qué hacer?

Cuando Dios le envió la solución, Wesley no pudo reconocerla en un principio, y hasta la rechazó escandalizado. Entre los numerosos convertidos de Bristol, había un artesano casi iletrado, Tomás Maxfield, a quien, como a otros, el reformador había encomendado leer la Biblia acompañando algunas explicaciones elementales, a las sociedades, pero con la advertencia precisa de que no intentara predicar, función –según criterio aludido- exclusiva de los eclesiásticos.

Pues bien, llevado de su celo, Maxfield se echó a predicar. Y su predicación estaba henchida de poder. Pero a Wesley le disgustó aquel atrevimiento: “¡Tomás Maxfield ha resultado predicador!” Fue Susana, la madre de Juan, quien a esta exclamación respondió con un consejo histórico. No obstante que ella misma estaba imbuida de las normas anglicanas, su intuición de mujer de alta espiritualidad, la puso por encima de todo rigorismo eclesiástico: “Juan –le respondió- tú sabes cuál ha sido mi modo de sentir. No puedes sospechar que yo esté dispuesta a favorecer, sin más ni más, ninguna cosa de esa especie. Pero ten cuidado con lo que haces respecto a ese joven, porque Dios lo ha llamado a predicar tan seguramente como te ha llamado a ti. Considera cuáles hayan sido los frutos de su predicación y escúchalo personalmente”. Juan fue a oír al flamante predicador y no pudo menos que exclamar: “¡Esto es cosa del Señor! Haga El lo que a El bien le pareciere”.

identidad metodista: un ministerio laicoAquel día de 1742, nació el ministerio laico metodista. Tras Maxfield, vinieron otros por decenas y luego por centenares. Vencidos sus escrúpulos, Wesley los comisionaba a predicar. Artesanos, campesinos, profesionistas, sin abandonar sus medios de sustento, primero fueron formando las heroicas brigadas de ministros laicos. Por otra parte, Wesley había organizado las sociedades en CLASES o grupos, cada uno al cuidado de un director laico que ejercía con respeto a aquel puñado de almas, casi todas las funciones de un pastor auxiliar. Unos y otros fueron los adalides del metodismo, a cuyos esfuerzos abnegados y persistentes se debió en gran parte la rápida difusión del movimiento.

Y así se recuperó un aspecto olvidado y soterrado del primitivo cristianismo: el de haber sido ante todo y sobre todo un movimiento laico, dirigido por laicos. Un movimiento sin vallas jerárquicas, sin clero o casta sacerdotal, sin burocracias eclesiásticas. Un movimiento en que todo creyente recibía por ministerio del Espíritu Santo, órdenes sagradas de testigo y anunciador del Evangelio. Un movimiento en que, si bien había, como debe haber, diversidad de dones y por tanto de ministerios, no se establecían distinciones llamando a unas “profanas” y a otras “sagradas”, cuando la vida del creyente se había consagrado a su Señor. Un movimiento, en fin, que tiene por Cabeza a Quien fue, conforma a la carne, un artesano de provincia y de quien se dice (Heb 8:4) que “si estuviese sobre la tierra, ni aún sería sacerdote”. Pues su “sacerdocio inmutable” era un sacerdocio espiritual del cual El se digna hacer partícipes, y al cual El llama, a todos y cada uno de los que creen en El y lo siguen.

Así, con su ministerio laico, el metodismo sacó de nuevo a luz, y encarnó dramáticamente la verdad evangélica de que todas las vocaciones pueden ser sagradas. Pues no es la índole del oficio o profesión lo que los constituye en “profanos” o “sagrados”, sino la calidad de vida de quien los ejerce, la medida de su entrega al servicio (“ministerio” quiere decir “servicio”) de su Salvador. Y cuando, cualquiera que sea el campo particular de servicio a que El llama, son de El las órdenes que se reciben, esas órdenes son indiscutiblemente ÓRDENES SAGRADAS.

Esto, por supuesto, de ningún modo anula la necesidad de que exista un ministerio más específico, para el desempeño de funciones más concretas, desde el punto de vista de la organización, gobierno y disciplina institucionales. Un ministerio cuya señal e investidura es la ceremonia de la ordenación eclesiástica propiamente dicha, y del cual se espera la dedicación total de su tiempo a las labores de la predicación, la administración de los sacramentos y el pastoreo de las almas, y al cual le están vedados los trabajos y negocios seculares. La Iglesia los aparta para el cumplimiento exclusivo de esa comisión y para ello provee a su sostén material.

Pero este ministerio específico no constituye clase o casta por separado. Mucho menos otorga en sí mismo, aparte de la calidad de vida, fidelidad y consagración personales de quien lo profesa, ninguna superioridad, privilegio o procedencia en el reino de los cielos. No confiere más honra que la de Dios otorga a quienes en esa u otra profesión lo honren a El primero, y de ese modo honren el ministerio, y honrándolo, se honren a sí mismos. Recibe credenciales que le son necesarias para fines de organización aquí en la tierra, pero no son esas las credenciales que le servirán de “pase” cuando haya de comparecerse ante la presencia del Señor. Ya San Pablo lo definió de una vez por todas: “Y hay repartimiento de MINISTERIOS; mas el mismo Señor es” y la cuestión de las jerarquías y las categorías, el propio Señor Jesús la decidió con palabras que no serán revocadas: “Si alguno quiere ser el primero, sea el postrero de todos y el servidor de todos”.

Fragmento (5 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.


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martes, 28 de abril de 2015

Evangelismo revolucionario

Evangelismo revolucionario - Gonzalo Báez Camargo

Dr. Gonzalo Báez-Camargo


Poco ha sido más pernicioso para la evangelización efectiva del mundo que la artificial e indebida separación que se ha hecho, oponiéndolos a veces como adversarios irreductibles, entre el esfuerzo por la regeneración de los individuos y el empeño por el saneamiento moral de la sociedad en su conjunto. Hasta se han inventado los términos “Evangelismo Personal”, por una parte, y “Evangelismo Social”, por la otra: o simplemente se han contrapuesto, como rivales irreconciliables, el “evangelismo” y la “obra social”.

Se han formado así dos bandos extremos: dos parcialidades que dejan, cada una, trunco el Evangelio de Cristo: El Cristo que llamaba pecadores al arrepentimiento, pero también daba de comer a las multitudes, sanaba a los enfermos y denunciaba con sagrada indignación a los explotadores de los huérfanos y las viudas. Unos dicen estar tan ocupados en salvar, una por una las almas, que no les interesa extirpar las injusticias económicas y sociales. Los otros pretenden estar tan atareados reformando a la sociedad, que no tienen tiempo para preocuparse por la regeneración de las almas individuales. Unos se dedican exclusivamente a sacar individuos de la cloaca, sin haber nada para que esta desaparezca y sin fijarse que muchos siguen cayendo; los otros se dedican a desecar la cloaca sin importarles los individuos que se están ahogando en ella. ¿Cómo es posible que unos y otros no hayan visto y entendido que ambas cosas son necesarias y ambas tienen que hacerse?

Desde luego, la obra de la conversión de los individuos es lo fundamental. Para cambiar el mundo hay que cambiar al hombre. La raíz del pecado, tanto individual como social, está en el corazón humano, y si éste no cambia, ninguna reforma social dará resultado. El error no está en dar la primacía a la obra de salvación individual, sino en LIMITARSE A ELLA. Nadie que realmente se interese por salvar hombres del pecado, puede permanecer indiferente ante las diversas formas de pecado social que arrastran a los individuos a pecar. Hay algo de falso en el fervor salvacionista de una persona que se encoge de hombros ante el sufrimiento económico,  la opresión, la explotación, la injusticia, el MAL SOCIAL.

Identidad metodista: evangelismo social
El metodismo fue, como hemos visto, un avivamiento espiritual, una recuperación del viejo y olvidado Evangelio de la gracia de Dios, libre y abundante para todos los hombres. Su interés fundamental estaba en la conversión de las almas individuales. Pero no fue exclusivista. Su amor por las almas ardió con tan viva llama que fue mucho más allá de la tarea de rescatarlas una por una. Se enfrentó con una sociedad en que primaban instituciones, sistemas y prácticas de iniquidad, y luchó con empeño irreductible por su extirpación.

Para Wesley y los metodistas primitivos no había tal separación entre “evangelio” y “obra social”. Para ellos, la obra de evangelización era tanto individual como social. Profesaban un evangelismo revolucionario. En el prefacio al primer Himnario Metodista (1739) decía Wesley: “El Evangelio de Cristo no conoce otra religión que la SOCIAL ni otra santidad que la SANTIDAD SOCIAL. Este mandamiento tenemos de Cristo, que el que ama a Dios, ame también a su hermano”. Y en un célebre sermón predicado en Oxford, en 1744, declaró: “Todo proyecto para construir la sociedad que pasa por alto la redención del individuo, es inconcebible… Y toda doctrina para salvar a los pecadores, que no tiene el propósito de transformarlos en cruzados contra el pecado social, es igualmente inconcebible”.

Con el mismo ardor con que predicaba a los hombres el arrepentimiento y los llamaba a acogerse a la gracia redentora de Dios en Cristo, el gran metodista se lanzó en un ataque de frente contra las más grandes injusticias y pecados sociales de su época. Se hizo campeón decidido, valiente, incansable, de la abolición de la esclavitud. Luchó por acabar con la explotación de los niños y las mujeres en las fábricas; abogó por la reducción de la jornada de trabajo y el aumento de salarios; trabajó con denuedo por la reforma del sistema penal y la humanización de las cárceles; repudió la guerra, condenó el abuso del dinero y los privilegios; atacó rudamente el tráfico de licores; propugnó una reforma agraria que acabara con el latifundismo y propuso un sistema de precios justos, salarios adecuados y empleo para todos.

¿Todo esto suena hoy a comunismo? Pues es Evangelio auténtico y metodismo genuino. Son de Juan Wesley, y no de un demagogo marxista estas palabras de profeta: “Dad libertad a quien tiene derecho a la libertad, es decir, a todo hijo de hombre, a todo el que participa de la naturaleza humana… ¡Fuera con todos los látigos, todas las cadenas y todas las opresiones!” (PENSAMIENTOS SOBRE LA ESCLAVITUD, 1774). Y estas otras de su diario, febrero 9, 1753: “Es perversa y diabólicamente falsa la común objeción: “Los que son pobres están así solo porque son perezosos”.

Basta mencionar, para probar este aliento social del metodismo, los dos grandes triunfos obtenidos en este terreno en Inglaterra: La abolición de la esclavitud, consumada por Wilberforce, y la emancipación de los obreros industriales, consumada por Lord Shaftesbury. John Howard consumó la reforma del sistema de prisiones, una causa humana que Wesley comenzó a agitar. He aquí el espléndido y autorizado tributo de Lloyd George: “El movimiento que logró mejorar las condiciones de las clases trabajadores en cuanto a salarios, horas de trabajo y otras mejoras, encontró la mayoría de sus mejores jefes y oficiales en hombres que se educaron en instituciones resultantes del metodismo”.

Los historiadores y sociólogos están de acuerdo en que la razón de que Inglaterra se salvara de subversiones sociales sangrientas y de que el socialismo británico esté impregnado de sentido religioso (en vez de ser ateo como en otros medios), se debe al poderoso aliento social derivado del metodismo.

Fragmento (4 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada


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martes, 21 de abril de 2015

Espiritualidad ilustrada


Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Los voceros de un pietismo oscurantista pretenden que la verdadera espiritualidad menosprecia la ilustración y la cultura. Quieren que la ignorancia se escude tras una sedicente santidad. Hacen de la inteligencia una bohardilla separada del alma y suponen que el alma puede gozar de luz cuando la inteligencia está en tinieblas.

Encontré una vez, en una Universidad de los Estados Unidos, a un joven estudiante, miembro del movimiento llamado Juventud para Cristo parado ante la mesa en que se exhibían los libros recomendados durante una campaña de evangelización estudiantil. “¿Ve usted todos esos libros? –me dijo. Pues yo no necesito leerlos para la salud de mi alma”.

Ciertamente, el saber mucho no salva, pero un cristiano redimido que sabe mucho y pone lo que sabe al servicio de su Redentor puede ser en las divinas manos un instrumento más útil. San Pablo dijo: “si yo tuviese toda la ciencia… y no tengo amor, nada soy”. Pero dijo lo mismo de la fe. Y a los filipenses encargaba: “Que vuestro amor abunde más y más en ciencia y en todo conocimiento para que discernáis lo mejor”.

El movimiento metodista fue la irrupción de una nueva y honda espiritualidad, pero de una espiritualidad ilustrada. Una espiritualidad que desde los comienzos procuró difundir y emplear la educación y la lectura de buenos libros. Los clérigos oficiales de la época, atiborrados de latines, metafísicas y teologías, fruncían la nariz ante los predicadores y congregantes metodistas, tildándolos de turbas ignorantes. Y es cierto que la gran mayoría provenía de las capas ignaras del pueblo. Pero Wesley no los conservó ignorantes. Mucho menos les embotó la mente con la pampirolada de que la santidad no necesita ilustrarse.

A sus predicadores les prescribía cursos de lectura sistemática sobre los que se les examinaba. Les demandaba “cuando menos cinco horas de cada veinticuatro dedicadas a la lectura de los libros más útiles”. Sin leer extensamente –decía- no puede uno “ser jamás un predicador profundo ni tampoco un completo cristiano”. Poniendo por ejemplo, el Fundador era un lector voraz sobre una gran variedad de asuntos. Tenía un interés especial por la física y, dentro de ellas, por la electricidad. Devoró cuando le cayó en mano de los escritos de Franklin, Priestley y otros famosos físicos de la época. Hacía él mismo experimentos con máquinas eléctricas. De modo particular le interesaba la aplicación de la electricidad a la medicina, otra ciencia que estudió con asiduidad. Hasta escribió un curioso libro intitulado Física Primitiva (método fácil y natural de curar la mayoría de enfermedades).

identidad wesleyana: espiritualidad ilustrada
Personalmente preparó su famosa BIBLIOTECA CRISTIANA, compuesta de cincuenta volúmenes, que hizo publicar, abreviando y condensando, para hacerlas más accesibles al pueblo, obras de los mejores autores. Fue una de las más notables y primeras colecciones de divulgación y cultura popular de los tiempos modernos. Estableció “Salones de Lectura”. Encomendó a sus predicadores la difusión intensa y constante de libros, encareciendo que cada uno de ellos fuese un “Mayordomo del Libro”.

Los metodistas, aun los más pobres y humildes, iban formando en sus hogares –cosa inaudita hasta entonces- pequeñas colecciones de libros, las primeras bibliotecas privadas entre las masas populares de aquel tiempo. Los predicadores itinerantes, que recorrían kilómetros y kilómetros a caballo, llegaban a las más apartadas aldeas con las alforjas de sus monturas llenas de libros y folletos. Wesley formó un fondo especial para proveer de libros a muy bajo costo a las gentes más pobres. Escribió la REVISTA ARMINIANA. El metodismo fue, en una palabra, el primer gran movimiento moderno de educación de los adultos y de difusión popular de la cultura.

Añádase a esa tenaz campaña a favor de la lectura, la fundación de escuelas elementales para chicos y grandes, entre ellas aquellas primitivas Escuelas del Domingo, precursoras de las Escuelas Dominicales de Roberto Raikes y que eran, como se sabe, no solo escuelas de instrucción religiosa, sino de primeras letras e iniciación en las artes y las ciencias. “Predicad expresamente en pro de la educación”, era la consigna de Wesley a sus predicadores. Y cuando alguno objetaba: “Pero es que yo no tengo don para eso”, la respuesta del Fundador no se hacía esperar: “Con don o sin él, tienes que hacerlo: de otro modo, no estás llamado a ser un predicador metodista”. Con razón dice de él la Enciclopedia Británica: “Ningún hombre hizo tanto en el siglo dieciocho para crear el gusto por la buena lectura y para proveerlo con libros a los más bajos precios”.

Por eso el avivamiento metodista fue no solo un resurgimiento de la espiritualidad, sino un verdadero renacimiento de la cultura y la educación popular. La santidad que Wesley predicaba no era la SANCTA SIMPLICITAS –la “santa ignorancia” del oscurantismo. Era un fulgor de luz en el corazón, que llegaba a la inteligencia. Quería que sus predicadores fuesen piadosos, sí, ante todo, pero a la vez ilustrados, estudiosos, lectores asiduos, e infatigables diseminadores de la educación y la cultura.

Nada más fácil que hacer de una falsa piedad la cobertura de la indolencia y el enmohecimiento intelectuales. Nada más que pretender disimular, con una sarta de frases pías, ya bien memorizadas y sobadas, la falta de estudio y preparación. Nada más fácil que suplir la solidez del pensamiento y el fervor auténtico, jamás reñido con la ilustración, apelando al clamor de platillos y redoble de tambores de una “elocuencia” inflada y lacrimosa. Pero nada de eso tiene derecho a apellidarse “metodista” porque el metodismo genuino fue, ha sido y debe seguir siendo PIEDAD CULTA, SANTIDAD INTELIGENTE Y ESPIRITUALIDAD ILUSTRADA.


Fragmento (3 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Un entusiasmo racional.


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martes, 14 de abril de 2015

Un entusiasmo racional


















Dr. Gonzalo Báez-Camargo

A los primeros metodistas les llamaron “los entusiastas”. Los primeros metodistas no fueron, realmente, aquellos jóvenes estrictos y tiesos del Club Santo de Oxford, que buscaban en una piedad legalista y ascética su salvación. Los primeros metodistas fueron en verdad aquellos rudos mineros de Cornwallis, aquellas mujeres rescatadas del arroyo, aquellos deshollinadores de Londres. 

Todas aquellas gentes postergadas por la sociedad –para quienes el mensaje de la gracia universal e infinita de Dios en Cristo, predicado por Wesley, fue como la irrupción de un gozo incontenible en sus vidas, antes opacas y silenciosas.

Lo que más le criticaban al metodismo primitivo los clérigos ritualistas de la Iglesia oficial y los señorones estirados de la alta sociedad inglesa, era su entusiasmo. El movimiento estuvo a punto de llamarse “entusiasmismo” en vez de “metodismo”. Porque el apodo de “entusiasta” andaba por ahí del brazo de “metodistas”. ¡Imaginémonos! Seríamos hoy la Iglesia Entusiasta, en vez de la Iglesia Metodista.

El primer sermón que predicó Wesley después de su experiencia en Aldersgate fue sobre el texto: “Y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe”. Fue un canto de victoria. El metodismo nació al son de trompetas triunfales, llevando cantos de liberación en los labios, y un venero de sagrada exaltación en los corazones. “Esa noche –escribe Wesley en su Diario- me atacaron rudamente en un gran concurso de personas, llamándome entusiasta”. Y cuando Carlos Wesley se echó por campos y plazas alzando sus inmortales himnos de gracia, amor, gozo y victoria espiritual, el metodismo se hizo un encendido cántico, y las míseras y oprimidas masas populares rompieron en oleadas de entusiasmo. “Una piedad agria –escribió otra vez el Fundador – es religión del diablo”.

Quienes hablan y escriben, a golpe de vista, y de oídas, sobre la “frialdad del protestantismo”, que pasan por alto ese fuego, esa efusión de entusiasmo y gozo rebosante, que han encarnado en movimientos como el moravo o el metodista. Las masas inglesas no habían conocido más alegría que la tórpida y artificial de los licores ni más cantos que los procaces de la taberna. Un día se sintieron poseídos de una embriaguez espiritual –como los apóstoles en el Pentecostés- y se echaron a cantar himnos de redención: había nacido el metodismo.

Pero no se piense que el metodismo primitivo se convirtió en una simple oleada de emociones desbocadas y se sentimentalismo ululante. Wesley había experimentado un profundo cambio en el corazón, pero siempre conservó la cabeza sobre los hombros. Su madre Susana lo había enseñado, desde pequeño, a razonar tan serenamente como fuera posible, antes de tomar decisiones. Y de ahí tomo la costumbre de escribir en un papel, minuciosa y hasta fríamente, el pro y el contra de cualquier cuestión, para pesar las razones de obrar en un sentido o en otro.

Identidad Wesleyana: entusiasmo racional
Así fue como más tarde, cuando llegó a su vida la arrolladora experiencia personal de la gracia, y cuando encabezó el más poderoso avivamiento cristiano de la época,  y uno de  los más poderosos de la historia, pudo combinar el entusiasmo con el juicio, el sentimiento con la inteligencia, el arrebato de la alegría con el dominio de la razón.

En las reuniones metodistas comenzaron a suceder cosas extrañas. Gente que prorrumpía de pronto en carcajadas, en gritos, en gemidos desgarradores: gente que caía al suelo retorciéndose o se ponía a bailar y saltar. Juan Wesley observó aquello con suma preocupación y decidió que todo eso era obra del diablo, que quería frustrar el gran avivamiento. Entonces comenzó, con dulzura, pero con inquebrantable firmeza, a reprimir aquellos brotes del emocionalismo sin gobierno. Sin perder su entusiasmo. EL MOVIMIENTO EXCLUYÓ LAS EXTRAVAGANCIAS Y EL METODISMO SE SALVÓ DE CONVERTIRSE EN HISTERISMO. Fue un ENTUSIASMO RACIONAL.

Conviene recordarlo cada vez que nos sintamos tentados de albergar un sentimentalismo teatral y a buscar, en los avivamientos, la excitación desgobernada de las emociones. Nada más fácil, después de todo, que sacudir el sentimiento y poner los nervios de punta. Basta con quebrar la voz, con ponerse en trance lacrimoso y usar una elocuencia voluptuosa para suscitar desde el púlpito un desbordamiento de la emoción. Y con que otros secunden con ruidos “amenes” y estentóreos “aleluyas”. Cierto que hay momentos de profundo sentir; tocamientos desde lo alto que nos llegan a lo más vivo del alma. Eso no autoriza a convertir la excitación sistemática y desatentada de las emociones en recursos bastardo de oratorio y técnica deshonesta de un seudo evangelismo.

Nuestro Señor Jesucristo, en quien habitaba la plenitud del Espíritu Santo, era la persona más equilibrada, sensata y serena que ha existido. Nada de convulsiones histéricas. Por el contrario, a los atacados y poseídos, les “echaba fuera demonios”. Tuvo sus grandes crisis personales: su cuarentena en el desierto, su Gethsemaní, pero su predicación apelaba a la inteligencia a la vez que al corazón: era un maestro que explicaba y enseñaba tranquilamente a la vez que un predicador que hacía sonar su profética voz de llamamiento. Y cuando el entusiasmo de las masas se excedía y desencaminaba “despedía a las gentes” y se iba solo “al monte a orar”.

La manera más segura de frustrar un avivamiento es convertirlo en explosión y humareda de simples emociones. Fiel discípulo de Jesucristo, Juan Wesley, lo entendió así. Yendo más allá de las impresiones del momento –cuya exageración reprimió sin vacilar- buscó en un verdadero cambio de vida y de carácter la prueba de la verdadera conversión, y de la presencia real del Espíritu Santo. Y por eso pertenece al genio del metodismo auténtico ser  entusiasta, sí, pero ENTUSIASMO RACIONAL.

Fragmento (2 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

Puedes ver la primer entrega: Un avivamiento evangélico, AQUÍ


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martes, 7 de abril de 2015

Un avivamiento evangélico

Un avivamiento evangélico - Gonzalo Baez Camargo



















-Dr. Gonzalo Báez-Camargo


El metodismo no fue otra cosa que una de las varias expresiones el ímpetu de constante renovación espiritual, por encima y por debajo de formas anquilosadas y vacías, que constituye el genio y la potencia del cristianismo. Está emparentado con todos los movimientos de reforma cristiana que han aparecido en el recurso de la historia. Fue, como todos ellos, un esfuerzo pujante por retornar a las fuentes originales y a la experiencia auténtica del cristianismo evangélico y apostólico. “El avivamiento evangélico del siglo XVIII” es la expresión sinónima del metodismo que usan los historiadores.

Juan Wesley no se propuso fundar una nueva Iglesia o una nueva denominación. Si la fuerza de las circunstancias históricas obligó al metodismo a constituirse finalmente en una denominación e Iglesia por separado, tal cosa sucedió contrariamente a lo deseos y propósitos originales del reformador. Wesley se consideró siempre a sí mismo como un ministro de la Iglesia Anglicana, y el nombre que primeramente dio a los grupos metodistas fue el de “Sociedades” y no el de Iglesias o de Iglesia. No quería separarse de la Iglesia Anglicana, sino reformarla por dentro.

Cada paso que el Fundador dio en dirección de una organización por separado, le fue impuesto, en gran parte, por la actitud intolerante y persecutoria de los jerarcas anglicanos de su época. Como le negaron el uso de los púlpitos oficiales, se echó a predicar a las calles y los campos. Como los obispos anglicanos se negaban a ordenar a sus predicadores, él creó una orden de “predicadores laicos” (los verdaderos propagadores del metodismo), y solo después de una lucha interna se decidió a ordenar, en compañía de otros presbíteros del orden anglicano, nuevos ministros. Solo ante lo que por el momento parecía irremediable, se rindió, no sin dolor, a la necesidad de romper la unidad del anglicanismo.

qué es el metodismoEn su tratado “El Carácter de un metodista”, (1742), Wesley escribía: “Es el sencillo y antiguo cristianismo lo que yo predico, renunciando y detestando todas las otras marcas de distinción. Pero de los verdaderos cristianos, CUALQUIERA QUE SEA SU DENOMINACIÓN, deseamos ardientemente no distinguirnos en nada… por cuestión de opiniones y de términos no destruyamos la obra de Dios. ¿Amas y temes a Dios? ¡Eso es bastante! Te extiendo la mano derecha del compañerismo”.
Y luego, repudiando el cargo de que quería fundar una nueva secta, el Primer Metodista llega a decir: “Yo me regocijaría (tan poca ambición tengo de ser la cabeza de una secta o partido) si el propio nombre METODISTA no volviera a ser mencionado jamás sino fuera sepultado en eterno olvido”.

Es claro, pues, que la esencia del metodismo no está en peculiaridad alguna ni en un prurito de “ser diferente” o de ser algo más y mejor, “denominacionalmente” hablando, que los demás grupos cristianos. El metodismo aspiró a ser y fue, ante todo, “un avivamiento evangélico”. Como tal, halló expresión no solo en las sociedades metodistas, sino en los aviamientos sucesivos que, por repercusión espiritual, experimentaron las otras denominaciones, inclusive, a la larga, la propia Iglesia de Inglaterra, algunos de cuyos altos representantes abrieron, más tarde, con cariño y respeto, a Wesley anciano, púlpitos que se le habían cerrado.

Avivamiento evangélico. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente un retorno a la experiencia y doctrina de la salvación por la gracia libre y universal de Dios en Cristo Jesús, y al género de vida y obras cristianas que proceden de esa experiencia.

Primero la experiencia y luego la doctrina. El metodismo no surgió de una lucubración teológica ni de una supuesta cruzada “fundamentalista”. Surgió de una viva experiencia de la gracia regeneradora de Jesucristo. La teología vino después y no con talante inquisitorial e intransigente. Pues si, por ejemplo, había en el metodismo una fuerte inclinación arminiana, también existía en él una rama calvinista de importancia. Y por sobre algunas controversias inevitables entre ambas tendencias, estaba, esencialmente, la unidad de una experiencia: la de la regeneración por la gracia divina: además, el fallo último del propio Wesley: “En cuanto a todas las opiniones que no lesionan las raíces del cristianismo, NOSOTROS PENSAMOS Y DEJAMOS PENSAR”. Nada más lejos del verdadero espíritu metodista que el querer, persona o grupo alguno, erigirse en supremo e inapelable tribunal de ortodoxia.

“Los fundamentos mismos del movimiento, -dice J.W. Bready- fueron prácticos y experimentales más que teóricos o metafísicos”. Experiencia de la gracia regeneradora de Dios en Cristo. He ahí la esencia del metodismo. Pero ya se ve que no es esencia exclusiva. Todo verdadero cristiano, metodista por nombre o no, ha de tener esa experiencia. Toda denominación, metodista de nombre o no, que haga hincapié en esa experiencia, como la substancia del ser cristiano, y la busque y promueva entre sus miembros, es tan cristiana y evangélica como el metodismo. Y toda persona o grupo metodista que carezca de esa experiencia, o que dé más importancia a formas de orden eclesiástico, ritos o tradiciones que a ella, no tendrá de metodista, sea quien fuere y llámese como se llame, otra cosa que un nombre sin sentido.


Fragmento (1 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953, y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica. 


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miércoles, 28 de enero de 2015

¿Cómo nacieron los Grupos de Pacto de Discipulado?

Grupo de Pacto Metodista


Compartir el crecimiento espiritual en comunidad fue una motivación constante en John Wesley, desde los albores del movimiento Metodista en 1729, en que junto a otros tres jóvenes de Oxford empezaron a reunirse todas las noches para estudiar la Biblia. Seis años después ya eran quince personas y para 1738, el metodismo comenzó a crecer rápidamente y había que organizar a los miembros del naciente movimiento.


Una primera forma de organización fueron las sociedades metodistas, formadas por grupos de cuarenta personas que se reunían semanalmente para leer la Palabra, orar y escuchar la prédica. Estas reuniones se realizaban los jueves y, a su vez, fue un medio para que el metodismo se siga expandiendo por toda Inglaterra. Algunos estudiosos calculan que en poco tiempo llegaron a varios miles.


El avance en seguidores comenzó a representar una dificultad, pues muchos se dispersaban e iban de un lado a otro. Por otra parte, la casa de predicación de la ciudad de Bristol se encontraba sumida en una deuda. Y sin saberlo, esto significaría un nuevo paso hacia el establecimiento de otra forma de organización.


Así es como se narra  este episodio en las Obras de Weslsey:


(...) «¿Cómo pagaremos la deuda que pesa sobre la casa de predicación?» El capitán Foy se puso de pie y dijo: «Que cada uno en la Sociedad dé un penique por semana, y fácilmente se logrará esa meta».En eso alguien comentó: «Pero es que hay muchos que no tienen ni un penique para dar». «Es cierto», dijo el capitán, «así que asígnenme diez o doce de ellos. Que den lo que puedan semanalmente y yo supliré lo que falte.» Varios de los otros presentes hicieron la misma oferta. Entonces el señor Wesley decidió dividir a la gente en grupos de unos doce, a los que denominó clases, designando a los que se habían ofrecido para ayudar como líderes de cada grupo.


El plan original era que los líderes visiten a esos miembros una vez por semana, para recibir el penique. Muy pronto se dieron cuenta de lo eficiente que resultaba reunirse todos una vez por semana, bajo la dirección del líder. También se vio que esta era una excelente oportunidad para la ayuda mutua, y para que los líderes se percaten de las necesidades específicas de cada persona. Tal fue el éxito de las “clases” que Wesley replicó la experiencia en otras sociedades metodistas.


Más adelante, John Wesley diseñó las tareas encomendadas al líder de cada clase:


La tarea del Líder consiste en ver a cada persona de su Clase por lo menos una vez por semana, con el fin de averiguar cómo prospera su alma; aconsejar, reprobar, consolar y exhortar, según lo requiera la ocasión; recibir lo que están dispuestos a contribuir para la ayuda a los pobres.


Grupos de Pacto: una experiencia enriquecedora 


Grupo de Pacto: identidad wesleyana



La experiencia del compañerismo cristiano fue extraordinaria. Muchos jamás la habían vivido


Comenzaron a sobrellevar los unos las cargas de los otros y naturalmente a interesarse los unos por los otros. Al mantener diariamente una relación más íntima, creció el afecto recíproco. Así, siguiendo la verdad en amor, crecían en todo en aquel que es la cabeza, esto es Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.
(Obras de Wesley. Tomo V. Puedes descargarlas gratuitamente en este enlace)


Sin embargo, no todo veían con buenos ojos estas reuniones, pues pensaban -equivocadamente- que se trataban de sesiones para reprimir; otros sentían vergüenza de hablar frente a los demás. Ante ello, se estableció formar clases de solteros, casados, hombres o mujeres, de modo que el grupo fuera lo más homogéneo posible.


Además, Wesley formuló las pautas a seguir en la reuniones de Clase.


A fin de confesarnos nuestras ofensas unos a otros, y orar unos por otros, para que seamos sanados, nos proponemos:

1. Reunirnos por lo menos una vez por semana.

2. Asistir puntualmente a la hora designada.

3. Comenzar cantando y orando.

4. Hablar cada uno en orden, con libertad y en forma clara, acerca del verdadero estado de nuestras almas, de las faltas que hemos cometido en pensamiento, palabra y obras, y de las tentaciones que hemos sufrido desde nuestra última reunión.

5. Solicitar a alguno de entre nosotros que hable de su propia situación espiritual primero, y luego pedir a los demás que, de manera ordenada, planteen en profundidad cuantas preguntas tengan, sobre su estado, sus pecados y sus tentaciones.


Situémonos ahora en la Inglaterra de fines del Siglo XVIII; tras la primera Revolución Industrial muchas familias se habían desestructurado: de las comunidades rurales habían pasado a las ciudades en busca de trabajo. A ello se debe sumar que se encontraban espiritualmente desatendidas. Y las reuniones de clase llenaron ese vacío. La reunión de Clase se convirtió en el espacio para compartir en comunidad, crecer juntos espiritualmente, alentarse unos a otros y velar por el prójimo.

Las reuniones de Clase dieron origen a lo que hoy conocemos como Grupos de Pacto de Discipulado y de ese tema hablaremos en la siguiente entrega.


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