| ||||||||||||||||||||||||||||||||||
Mostrando entradas con la etiqueta identidad wesleyana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta identidad wesleyana. Mostrar todas las entradas
jueves, 26 de noviembre de 2015
El Metodista Pregunta (10 preguntas absueltas)
viernes, 18 de septiembre de 2015
Nueva serie: El Metodista Pregunta
Con la finalidad de contribuir con el fortalecimiento de la identidad wesleyana en nuestro continente, el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica (IEW-LA) inicia la publicación de la traducción del libro United Methodist Questions, United Methodist Answers, escrito por el Dr. Belton Joyner Jr. ministro de la Iglesia Metodista Unida de los EE.UU. y especialista en historia y doctrina wesleyana.
El libro propone 78 de las preguntas más recurrentes entre los metodistas no solo de EE.UU. sino de todo el mundo, las cuales son respondidas de modo fundamentado, concreto y ameno por el Dr. Joyner.
Para la fundamentación de las respuestas, el autor se basa en documentos oficiales de la Iglesia Metodista Unida de los EE.UU.; los tres volúmenes de la colección The Works of John Wesley; y Explanatory Notes upon the New Testament, de John Wesley.
Es necesario señalar que el IEW-LA cuenta con el permiso expreso del autor, Dr. Belton Joyner Jr., propietario del copyright del libro, para la traducción y publicación de fragmentos de la obra, lo que nos lleva a realizar una selección de preguntas y respuestas por cada uno de los trece capítulos, haciendo incidencia especialmente en los temas doctrinales y éticos, antes que en los temas relativos a organización e historia.
Semanalmente estaremos haciendo entrega de dos preguntas y respuestas, a través de nuestras redes sociales (Facebook, Blogger y Twitter) en una serie que hemos denominado El Metodista Pregunta. El autor recomienda la lectura personal de cada uno de los temas y la discusión grupal de los mismos en reuniones de estudio en la iglesia, con la finalidad de compartir opiniones, fortalecer los aprendizajes y afirmar la identidad wesleyana.
Johnny Llerena
Coordinador Ejecutivo
IEW-LA
Etiquetas:
Belton Joyner Jr.,
doctrina metodista,
el metodista pregunta,
estudios wesleyanos,
identidad metodista,
identidad wesleyana,
iglesia metodista,
Instituto de Estudios Wesleyanos
martes, 30 de junio de 2015
Enseñanzas de John Wesley
Coloca el cursor sobre la imagen y pulsa sobre los botones rojos para acceder a las enseñanzas de John Wesley.
Elaborado por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica
lunes, 22 de junio de 2015
Seis consejos de John Wesley para estudiar la Biblia
En el prefacio a las Notas al Antiguo Testamento (Pag. 546, numeral 18), John Wesley dejó instrucciones para realizar una provechosa lectura de la Biblia:
Si usted desea leer las Escrituras de tal manera que puedan responder con mayor eficacia a este fin, sería aconsejable seguir estos pasos:
1. Establezca un tiempo para la lectura, si es posible, cada mañana o cada tarde.
2. Si dispone de tiempo suficiente lea un capítulo del Antiguo Testamento y uno del Nuevo. Si no puede hacerlo, lea un solo capítulo o una parte de él.
3. Lea con el único propósito de conocer la voluntad de Dios y con la firme resolución de cumplir Su voluntad.
4. Lea con atención constante para ver la conexión y la armonía de estas grandes doctrinas: el pecado original, la justificación por la fe, el nuevo nacimiento,y la santidad interior y exterior.
5. Ore fervientemente y seriamente antes de leer las Escrituras, para entenderlas como solo puede entenderse a través del mismo Espíritu Santo que las inspiró. Del mismo modo, debemos terminar la lectura con una oración.
6. Mientras lee, haga una pausa para examinarse a Ud. mismo, tanto en lo referente a su corazón como a su vida. Utilice de inmediato todo lo que Dios le muestre, para su salvación presente y eterna.
25 de abril de 1765
Si desea reproducir este artículo, favor colocar al final el siguiente texto con el respectivo enlace:
Artículo tomado del Blog del Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.
jueves, 21 de mayo de 2015
El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy
|
|
lunes, 11 de mayo de 2015
Disciplina democrática
Dr. Gonzalo Báez-Camargo
Juan Wesley gobernó el movimiento metodista desde sus comienzos con dulzura y amor no exentos de firmeza y energía cuando se hicieron necesarias. Pero lo gobernó centralizando en su persona la autoridad para las decisiones finales. En términos francos, él era la autoridad suprema del metodismo naciente. Fue en cierto modo un dictador eclesiástico.
No obstante, siempre concibió esa autoridad prácticamente absoluta como
una mera medida de emergencia. La oposición que encontraba el metodismo, por un
lado, por otro las apremiantes necesidades espirituales del
movimiento, cuyas filas engrosaban de modo sorprendente, exigían rapidez de
acción y una disciplina de lucha y de trabajo semejante a las requeridas en una
campaña militar. Por esa razón Wesley asumió facultades de general en jefe y
organizó a sus predicadores como oficiales, y a los metodistas todos como
soldados. Estudiaba los problemas en oración y a la vista de la Palabra de
Dios; buscaba también el consejo y las opiniones de sus hermanos, pero se reservaba
siempre el derecho de tomar él la decisión final, y de hacerla ejecutar con
prontitud y sin vacilaciones.
Pero sería un grave error histórico tildar a Wesley de espíritu
autocrático y arbitrario. Nunca pensó que el metodismo se gobernara perpetuamente
de la misma manera en que las circunstancias lo obligaron a él a gobernarlo. Y
la prueba es que mucho antes de morir dispuso que tan pronto faltara él, el
gobierno de las comunidades metodistas pasara plenamente a las Conferencias
Anuales, las cuales se habrían de conducir como verdaderos parlamentos
democráticos. El metodismo vino a ser, al fin y al cabo, en su misma esencia,
un movimiento profundamente democrático.
La experiencia de Wesley en Aldersgate no fue solamente la conversión de
una religión de justificación propia a una religión de libre gracia. Fue
también la conversión de un sacerdotalismo rígido y de un orden jerárquico a
una fe democrática y a un sistema popular. Con su Club de los Santos, Wesley
había ensayado el método del rigor, de las disciplina tierra fría y árida,
esperando que en ese clima floreciera una verdadera piedad. Fue el mismo
espíritu que llevó a su obra misionera de Georgia, y que lo hizo fracasar allí.
En Aldersgate obtuvo un nuevo y profundo sentido de la dignidad y libertad de
la persona humana, que no ha de gobernarse con simples actos de autoridad, ni
puede desarrollarse en un clima de mandatos absolutos y rigorismos legales.
Después de Aldersgate, Wesley supo combinar el orden con la democracia y la
disciplina con la libertad.
Aunque era ministro anglicano, y hasta su muerto siguió siéndolo, Juan
Wesley no estableció para su movimiento una jerarquía clerical de tipo
monárquico. Solo estableció “superintendentes” que podían ordenar ministros; y
esto último lo autorizó obligado por la renuencia de las autoridades anglicanas
a dispensar la ordenación llamada “apostólica” a los predicadores metodistas.
El episcopado metodista nació en los Estados Unidos, y su aparición se debió en
gran parte al hecho de que dicha nación se había independizado de Inglaterra y
el metodismo norteamericano quiso constituirse autónomo. Aún así, el episcopado
metodista no ha sido nunca un rango autoritario y una casta jerárquica. Era
todavía menos que una monarquía constitucional. Asbury y los obispos que le
sucedieron, quisieron seguir siendo simples “superintendentes generales”,
epískopos en el sentido neotestamentario de un sobreveedor, y no de una
autoridad jerárquica.
El aliento democrático del metodismo brotaba de su hincapié en la libertad
interior, que igual que cuando brotó la reforma del siglo XVI, fue el pivote
esencial del movimiento. La “pasión por la justicia y la libertad interior
fueron la esencia de la cruzada evangélica: “de ello no puede haber duda” dice
J. W. Bready. Y son del propio Wesley, en sus Pensamientos Sobre la Esclavitud,
las siguientes palabras que ondean como una magnífica bandera de emancipación:
“Dad libertad a quien se debe libertad, esto es, a todo hijo de hombre, a todo
participantes de la naturaleza humana. ¡Fuera con todos los látigos, todas las
cadenas, todas las imposiciones!”.
No podía ser partidario de una autocracia eclesiástica, quien tanto
insistía, como Wesley, en el libre albedrío humano. En la organización interna
del movimiento metodista, los grupos denominados “clases” fueron verdaderos
almácigos de una educación democrática. En aquellos grupos había oportunidad
para el cambio de opiniones y la discusión. El director de clase era
simplemente un hermano mayor. Y su carácter laico era una garantía contra
cualquier intento de constituirse en jerarquía clerical con poderes omnímodos
sobre la masa de los fieles. Las “clases” metodistas eran verdaderas células,
no solamente para el crecimiento espiritual, sino también para la educación
democrática de quienes las formaban. Con mucha razón dice Dobbs: “Un círculo de
obreros o mecánicos, a quienes guiaba en el culto o en la conferencia uno
perteneciente a sus propias filas, fue un gran paso para la democracia”.
Para Wesley y el metodismo original, la disciplina no es precisamente la
afirmación de un principio de autoridad jerárquica o la institución de poderes
autocráticos en quienes gobierna la Iglesia; la disciplina es cosa más bien de
dominio propio, de autogobierno personal, de orden y eficiencia práctica para
servir mejor a los intereses del Evangelio. Por eso el verdadero centro y base
de la Disciplina Metodista, lo constituyen las reglas de disciplina y conducta
personal, de carácter y comportamiento éticos, que Wesley aconsejó a los
predicadores y a los fieles. Pretender hacer de la Disciplina una coraza de
acero, una especie de Talmud estricto y autoritario, es falsear su verdadero
espíritu y sentido.
El metodismo fue un movimiento de masas, el despertamiento del hombre
del pueblo, del hombre común, a un nuevo sentido de dignidad e independencia
espiritual. En tal virtud fue intensa y genuinamente democrático. Autorizados
historiadores y sociólogos han llegado a la conclusión de que al metodismo se
debe el aliento que animó a ese ejemplo de democracias que es la democracia
inglesa. Mientras el pueblo de Francia se lanzaba por cauces de violencia a una
revolución de terror y guillotina, en Inglaterra, merced en gran parte a la
inspiración del avivamiento metodista, la revolución del pueblo asumió la forma
de una pacífica pero profunda transformación política, social, económica, moral
y espiritual.
El metodismo realizó solo con una base espiritual y hondo contenido
ético, las divisas de la Francia revolucionaria: “Libertad, Igualdad,
Fraternidad”. La religión fue, en el metodismo, “una religión del pueblo, para
el pueblo y por el pueblo” (Bready). Ningún despotismo, civil o eclesiástico,
es compatible con el genio y espíritu del metodismo. Porque desde sus
principios, el metodismo fue una democracia disciplinada y una disciplina
democrática.
Palabra final
Que el metodismo mantenga su tradición de avivamiento evangélico,
entusiasmo racional, espiritualidad ilustrada, evangelismo revolucionario,
ministerio laico y disciplina democrática: tal es el reto de Juan Wesley a los
metodistas de hoy.
Mejor dicho, el reto de Cristo, porque Wesley no fue más que el profeta
de una época, mediante quien Jesucristo nuestro Señor hizo llegar al mundo de
entonces su ardiente llamamiento a una renovación espiritual. Responder a este
llamado de Cristo, será, pues, la mejor manera como el metodismo mexicano puede
conmemorar la epopeya religiosa iniciada por Wesley en obediencia a la voz
celestial.
Fragmento (6 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.
También puede leer:
Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.
Quinta entrega: Un ministerio laico.
Aviso importante
Si
usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:
Artículo
tomado del Blog del Instituto de Estudios
Wesleyanos - Latinoamérica
Etiquetas:
disciplina metodista,
gonzalo báez-amargo,
gonzalo báez-camargo,
historia metodista,
identidad metodista,
identidad wesleyana,
john wesley,
movimiento metodista,
Reto de Juan Jesley a los metodistas de hoy
lunes, 4 de mayo de 2015
Un ministerio Laico
Fue providencial que el clero de la Iglesia Anglicana, a
que Juan Wesley perteneció hasta su muerte, se mostrase hostil al movimiento
metodista. Así nació una de las instituciones más características de esta: EL
MINISTERIO LAICO.
Sabido es que en los planes originales del reformador no
figuraba la creación de una nueva denominación o iglesia parte. Había querido
en un principio que el avivamiento, cuyas oleadas de fuego estaban incendiando
a toda Inglaterra, viniera a constituir una especia de ORDEN LAICO dentro de la
Iglesia oficial. Los primeros núcleos metodistas se llamaron, por esa razón,
simplemente SOCIEDADES. Para ministrarles los sacramentos, la predicación de la
Palabra, y los demás “medios de gracia”, Wesley contaba con que un número
suficiente de ministros ordenados perteneciente al clero anglicano, se unirían
al movimiento.
Pero no fue así. No solo el ministerio anglicano se
abstuvo, en general, de unirse con el metodismo, sino que lanzó contra este una
encarnizada ofensiva desde los púlpitos y los cabildos. Al propio Wesley, no
obstante sus órdenes legítimas, según el anglicanismo, se le cerraron los
templos y los púlpitos. Y sin embargo, a medida que el movimiento crecía, con
la fuerza de un torrente en empinado declive, y se engrosaban las multitudes
ávidas de nutrición espiritual, más agudo se hacía el problema de contar con un
número también creciente de ministros que pudieran eficazmente pastorearlas.
Por algún tiempo, Juan Wesley no pudo hallar la solución.
Educado dentro de los cánones estrictos de la Iglesia Anglicana, se aferraba a
dos normas en cuanto al ministerio: 1ra. Que solo los que hubieran recibido las
órdenes eclesiásticas podían ministrar espiritualmente al pueblo. 2da. Que
únicamente los obispos que estaban dentro de la “sucesión apostólica” podían
conferir órdenes ministeriales válidas. Con este criterio, el reformador se
hallaba en un callejón sin salida; le faltaban cada vez más ministros; los
ministros ordenados que se le unían eran escasísimos; los obispos anglicanos se
negaban a ordenar candidatos metodistas al ministerio. ¿Qué hacer?
Cuando Dios le envió la solución, Wesley no pudo
reconocerla en un principio, y hasta la rechazó escandalizado. Entre los
numerosos convertidos de Bristol, había un artesano casi iletrado, Tomás
Maxfield, a quien, como a otros, el reformador había encomendado leer la Biblia
acompañando algunas explicaciones elementales, a las sociedades, pero con la
advertencia precisa de que no intentara predicar, función –según criterio
aludido- exclusiva de los eclesiásticos.
Pues bien, llevado de su celo, Maxfield se echó a
predicar. Y su predicación estaba henchida de poder. Pero a Wesley le disgustó
aquel atrevimiento: “¡Tomás Maxfield ha resultado predicador!” Fue Susana, la
madre de Juan, quien a esta exclamación respondió con un consejo histórico. No
obstante que ella misma estaba imbuida de las normas anglicanas, su intuición
de mujer de alta espiritualidad, la puso por encima de todo rigorismo
eclesiástico: “Juan –le respondió- tú sabes cuál ha sido mi modo de sentir. No
puedes sospechar que yo esté dispuesta a favorecer, sin más ni más, ninguna
cosa de esa especie. Pero ten cuidado con lo que haces respecto a ese joven,
porque Dios lo ha llamado a predicar tan seguramente como te ha llamado a ti.
Considera cuáles hayan sido los frutos de su predicación y escúchalo
personalmente”. Juan fue a oír al flamante predicador y no pudo menos que
exclamar: “¡Esto es cosa del Señor! Haga El lo que a El bien le pareciere”.
Aquel día de 1742, nació el ministerio laico metodista.
Tras Maxfield, vinieron otros por decenas y luego por centenares. Vencidos sus
escrúpulos, Wesley los comisionaba a predicar. Artesanos, campesinos,
profesionistas, sin abandonar sus medios de sustento, primero fueron formando
las heroicas brigadas de ministros laicos. Por otra parte, Wesley había
organizado las sociedades en CLASES o grupos, cada uno al cuidado de un
director laico que ejercía con respeto a aquel puñado de almas, casi todas las
funciones de un pastor auxiliar. Unos y otros fueron los adalides del
metodismo, a cuyos esfuerzos abnegados y persistentes se debió en gran parte la
rápida difusión del movimiento.
Y así se recuperó un aspecto olvidado y soterrado del
primitivo cristianismo: el de haber sido ante todo y sobre todo un movimiento
laico, dirigido por laicos. Un movimiento sin vallas jerárquicas, sin clero o
casta sacerdotal, sin burocracias eclesiásticas. Un movimiento en que todo
creyente recibía por ministerio del Espíritu Santo, órdenes sagradas de testigo
y anunciador del Evangelio. Un movimiento en que, si bien había, como debe
haber, diversidad de dones y por tanto de ministerios, no se establecían
distinciones llamando a unas “profanas” y a otras “sagradas”, cuando la vida
del creyente se había consagrado a su Señor. Un movimiento, en fin, que tiene
por Cabeza a Quien fue, conforma a la carne, un artesano de provincia y de
quien se dice (Heb 8:4) que “si estuviese sobre la tierra, ni aún sería
sacerdote”. Pues su “sacerdocio inmutable” era un sacerdocio espiritual del
cual El se digna hacer partícipes, y al cual El llama, a todos y cada uno de
los que creen en El y lo siguen.
Así, con su ministerio laico, el metodismo sacó de nuevo
a luz, y encarnó dramáticamente la verdad evangélica de que todas las
vocaciones pueden ser sagradas. Pues no es la índole del oficio o profesión lo
que los constituye en “profanos” o “sagrados”, sino la calidad de vida de quien
los ejerce, la medida de su entrega al servicio (“ministerio” quiere decir
“servicio”) de su Salvador. Y cuando, cualquiera que sea el campo particular de
servicio a que El llama, son de El las órdenes que se reciben, esas órdenes son
indiscutiblemente ÓRDENES SAGRADAS.
Esto, por supuesto, de ningún modo anula la necesidad de
que exista un ministerio más específico, para el desempeño de funciones más
concretas, desde el punto de vista de la organización, gobierno y disciplina
institucionales. Un ministerio cuya señal e investidura es la ceremonia de la
ordenación eclesiástica propiamente dicha, y del cual se espera la dedicación
total de su tiempo a las labores de la predicación, la administración de los
sacramentos y el pastoreo de las almas, y al cual le están vedados los trabajos
y negocios seculares. La Iglesia los aparta para el cumplimiento exclusivo de
esa comisión y para ello provee a su sostén material.
Pero este ministerio específico no constituye clase o
casta por separado. Mucho menos otorga en sí mismo, aparte de la calidad de
vida, fidelidad y consagración personales de quien lo profesa, ninguna
superioridad, privilegio o procedencia en el reino de los cielos. No confiere
más honra que la de Dios otorga a quienes en esa u otra profesión lo honren a
El primero, y de ese modo honren el ministerio, y honrándolo, se honren a sí
mismos. Recibe credenciales que le son necesarias para fines de organización
aquí en la tierra, pero no son esas las credenciales que le servirán de “pase”
cuando haya de comparecerse ante la presencia del Señor. Ya San Pablo lo
definió de una vez por todas: “Y hay repartimiento de MINISTERIOS; mas el mismo
Señor es” y la cuestión de las jerarquías y las categorías, el propio Señor
Jesús la decidió con palabras que no serán revocadas: “Si alguno quiere ser el
primero, sea el postrero de todos y el servidor de todos”.
Fragmento (5 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.
También puede leer:
Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.
Aviso importante
Si
usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:
Artículo
tomado del Blog del Instituto de Estudios
Wesleyanos - Latinoamérica
Etiquetas:
gonzalo báez-amargo,
gonzalo báez-camargo,
historia metodista,
identidad metodista,
identidad wesleyana,
john wesley,
ministerio laico,
Reto de Juan Jesley a los metodistas de hoy
martes, 28 de abril de 2015
Evangelismo revolucionario
Dr. Gonzalo Báez-Camargo
Poco ha sido más pernicioso
para la evangelización efectiva del mundo que la artificial e indebida
separación que se ha hecho, oponiéndolos a veces como adversarios
irreductibles, entre el esfuerzo por la regeneración de los individuos y el
empeño por el saneamiento moral de la sociedad en su conjunto. Hasta se han
inventado los términos “Evangelismo Personal”, por una parte, y “Evangelismo
Social”, por la otra: o simplemente se han contrapuesto, como rivales
irreconciliables, el “evangelismo” y la “obra social”.
Se han formado así dos
bandos extremos: dos parcialidades que dejan, cada una, trunco el Evangelio de
Cristo: El Cristo que llamaba pecadores al arrepentimiento, pero también daba
de comer a las multitudes, sanaba a los enfermos y denunciaba con sagrada
indignación a los explotadores de los huérfanos y las viudas. Unos dicen estar
tan ocupados en salvar, una por una las almas, que no les interesa extirpar las
injusticias económicas y sociales. Los otros pretenden estar tan atareados
reformando a la sociedad, que no tienen tiempo para preocuparse por la
regeneración de las almas individuales. Unos se dedican exclusivamente a sacar
individuos de la cloaca, sin haber nada para que esta desaparezca y sin fijarse
que muchos siguen cayendo; los otros se dedican a desecar la cloaca sin
importarles los individuos que se están ahogando en ella. ¿Cómo es posible que
unos y otros no hayan visto y entendido que ambas cosas son necesarias y ambas
tienen que hacerse?
Desde luego, la obra de la
conversión de los individuos es lo fundamental. Para cambiar el mundo hay que
cambiar al hombre. La raíz del pecado, tanto individual como social, está en el
corazón humano, y si éste no cambia, ninguna reforma social dará resultado. El
error no está en dar la primacía a la obra de salvación individual, sino en
LIMITARSE A ELLA. Nadie que realmente se interese por salvar hombres del
pecado, puede permanecer indiferente ante las diversas formas de pecado social
que arrastran a los individuos a pecar. Hay algo de falso en el fervor
salvacionista de una persona que se encoge de hombros ante el sufrimiento
económico, la opresión, la explotación,
la injusticia, el MAL SOCIAL.
El metodismo fue, como hemos
visto, un avivamiento espiritual, una recuperación del viejo y olvidado
Evangelio de la gracia de Dios, libre y abundante para todos los hombres. Su
interés fundamental estaba en la conversión de las almas individuales. Pero no
fue exclusivista. Su amor por las almas ardió con tan viva llama que fue mucho
más allá de la tarea de rescatarlas una por una. Se enfrentó con una sociedad
en que primaban instituciones, sistemas y prácticas de iniquidad, y luchó con
empeño irreductible por su extirpación.
Para Wesley y los metodistas
primitivos no había tal separación entre “evangelio” y “obra social”. Para
ellos, la obra de evangelización era tanto individual como social. Profesaban
un evangelismo revolucionario. En el prefacio al primer Himnario Metodista
(1739) decía Wesley: “El Evangelio de Cristo no conoce otra religión que la
SOCIAL ni otra santidad que la SANTIDAD SOCIAL. Este mandamiento tenemos de
Cristo, que el que ama a Dios, ame también a su hermano”. Y en un célebre
sermón predicado en Oxford, en 1744, declaró: “Todo proyecto para construir la
sociedad que pasa por alto la redención del individuo, es inconcebible… Y toda
doctrina para salvar a los pecadores, que no tiene el propósito de
transformarlos en cruzados contra el pecado social, es igualmente
inconcebible”.
Con el mismo ardor con que
predicaba a los hombres el arrepentimiento y los llamaba a acogerse a la gracia
redentora de Dios en Cristo, el gran metodista se lanzó en un ataque de frente
contra las más grandes injusticias y pecados sociales de su época. Se hizo
campeón decidido, valiente, incansable, de la abolición de la esclavitud. Luchó
por acabar con la explotación de los niños y las mujeres en las fábricas; abogó
por la reducción de la jornada de trabajo y el aumento de salarios; trabajó con
denuedo por la reforma del sistema penal y la humanización de las cárceles;
repudió la guerra, condenó el abuso del dinero y los privilegios; atacó
rudamente el tráfico de licores; propugnó una reforma agraria que acabara con
el latifundismo y propuso un sistema de precios justos, salarios adecuados y
empleo para todos.
¿Todo esto suena hoy a
comunismo? Pues es Evangelio auténtico y metodismo genuino. Son de Juan Wesley,
y no de un demagogo marxista estas palabras de profeta: “Dad libertad a quien
tiene derecho a la libertad, es decir, a todo hijo de hombre, a todo el que
participa de la naturaleza humana… ¡Fuera con todos los látigos, todas las
cadenas y todas las opresiones!” (PENSAMIENTOS SOBRE LA ESCLAVITUD, 1774). Y
estas otras de su diario, febrero 9, 1753: “Es perversa y diabólicamente falsa
la común objeción: “Los que son pobres están así solo porque son perezosos”.
Basta mencionar, para probar
este aliento social del metodismo, los dos grandes triunfos obtenidos en este
terreno en Inglaterra: La abolición de la esclavitud, consumada por
Wilberforce, y la emancipación de los obreros industriales, consumada por Lord
Shaftesbury. John Howard consumó la reforma del sistema de prisiones, una causa
humana que Wesley comenzó a agitar. He aquí el espléndido y autorizado tributo
de Lloyd George: “El movimiento que logró
mejorar las condiciones de las clases trabajadores en cuanto a salarios, horas
de trabajo y otras mejoras, encontró la mayoría de sus mejores jefes y
oficiales en hombres que se educaron en instituciones resultantes del
metodismo”.
Los historiadores y
sociólogos están de acuerdo en que la razón de que Inglaterra se salvara de
subversiones sociales sangrientas y de que el socialismo británico esté
impregnado de sentido religioso (en vez de ser ateo como en otros medios), se
debe al poderoso aliento social derivado del metodismo.
Fragmento (4 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.
También puede leer:
Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Fragmento (4 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.
También puede leer:
Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Aviso importante
Si
usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:
Artículo
tomado del Blog del Instituto de Estudios
Wesleyanos - Latinoamérica
Etiquetas:
evangelismo personal,
evangelismo revolucionario,
evangelismo social,
gonzalo báez-amargo,
gonzalo báez-camargo,
historia metodista,
identidad metodista,
identidad wesleyana,
john wesley,
teología wesleyana
martes, 21 de abril de 2015
Espiritualidad ilustrada
Dr. Gonzalo Báez-Camargo
Los voceros de un pietismo oscurantista pretenden que la verdadera espiritualidad menosprecia la ilustración y la cultura. Quieren que la ignorancia se escude tras una sedicente santidad. Hacen de la inteligencia una bohardilla separada del alma y suponen que el alma puede gozar de luz cuando la inteligencia está en tinieblas.
Encontré una vez, en una Universidad de los Estados
Unidos, a un joven estudiante, miembro del movimiento llamado Juventud para
Cristo parado ante la mesa en que se exhibían los libros recomendados durante
una campaña de evangelización estudiantil. “¿Ve usted todos esos libros? –me
dijo. Pues yo no necesito leerlos para la salud de mi alma”.
Ciertamente, el saber mucho no salva, pero un cristiano
redimido que sabe mucho y pone lo que sabe al servicio de su Redentor puede ser
en las divinas manos un instrumento más útil. San Pablo dijo: “si yo tuviese
toda la ciencia… y no tengo amor, nada soy”. Pero dijo lo mismo de la fe. Y a
los filipenses encargaba: “Que vuestro amor abunde más y más en ciencia y en
todo conocimiento para que discernáis lo mejor”.
El movimiento metodista fue la irrupción de una nueva y
honda espiritualidad, pero de una espiritualidad ilustrada. Una espiritualidad
que desde los comienzos procuró difundir y emplear la educación y la lectura de
buenos libros. Los clérigos oficiales de la época, atiborrados de latines,
metafísicas y teologías, fruncían la nariz ante los predicadores y congregantes
metodistas, tildándolos de turbas ignorantes. Y es cierto que la gran mayoría
provenía de las capas ignaras del pueblo. Pero Wesley no los conservó
ignorantes. Mucho menos les embotó la mente con la pampirolada de que la
santidad no necesita ilustrarse.
A sus predicadores les prescribía cursos de lectura
sistemática sobre los que se les examinaba. Les demandaba “cuando menos cinco
horas de cada veinticuatro dedicadas a la lectura de los libros más útiles”.
Sin leer extensamente –decía- no puede uno “ser jamás un predicador profundo ni
tampoco un completo cristiano”. Poniendo por ejemplo, el Fundador era un lector
voraz sobre una gran variedad de asuntos. Tenía un interés especial por la
física y, dentro de ellas, por la electricidad. Devoró cuando le cayó en mano
de los escritos de Franklin, Priestley y otros famosos físicos de la época.
Hacía él mismo experimentos con máquinas eléctricas. De modo particular le
interesaba la aplicación de la electricidad a la medicina, otra ciencia que
estudió con asiduidad. Hasta escribió un curioso libro intitulado Física Primitiva (método fácil y natural de curar la mayoría de enfermedades).


Personalmente preparó su famosa BIBLIOTECA CRISTIANA,
compuesta de cincuenta volúmenes, que hizo publicar, abreviando y condensando,
para hacerlas más accesibles al pueblo, obras de los mejores autores. Fue una
de las más notables y primeras colecciones de divulgación y cultura popular de
los tiempos modernos. Estableció “Salones de Lectura”. Encomendó a sus
predicadores la difusión intensa y constante de libros, encareciendo que cada
uno de ellos fuese un “Mayordomo del Libro”.
Los metodistas, aun los más pobres y humildes, iban
formando en sus hogares –cosa inaudita hasta entonces- pequeñas colecciones de
libros, las primeras bibliotecas privadas entre las masas populares de aquel
tiempo. Los predicadores itinerantes, que recorrían kilómetros y kilómetros a
caballo, llegaban a las más apartadas aldeas con las alforjas de sus monturas
llenas de libros y folletos. Wesley formó un fondo especial para proveer de
libros a muy bajo costo a las gentes más pobres. Escribió la REVISTA ARMINIANA.
El metodismo fue, en una palabra, el primer gran movimiento moderno de
educación de los adultos y de difusión popular de la cultura.
Añádase a esa tenaz campaña a favor de la lectura, la
fundación de escuelas elementales para chicos y grandes, entre ellas aquellas
primitivas Escuelas del Domingo, precursoras de las Escuelas Dominicales de
Roberto Raikes y que eran, como se sabe, no solo escuelas de instrucción
religiosa, sino de primeras letras e iniciación en las artes y las ciencias.
“Predicad expresamente en pro de la educación”, era la consigna de Wesley a sus
predicadores. Y cuando alguno objetaba: “Pero es que yo no tengo don para eso”,
la respuesta del Fundador no se hacía esperar: “Con don o sin él, tienes que
hacerlo: de otro modo, no estás llamado a ser un predicador metodista”. Con
razón dice de él la Enciclopedia Británica: “Ningún hombre hizo tanto en el
siglo dieciocho para crear el gusto por la buena lectura y para proveerlo con
libros a los más bajos precios”.
Por eso el avivamiento metodista fue no solo un
resurgimiento de la espiritualidad, sino un verdadero renacimiento de la
cultura y la educación popular. La santidad que Wesley predicaba no era la
SANCTA SIMPLICITAS –la “santa ignorancia”– del oscurantismo. Era un fulgor de
luz en el corazón, que llegaba a la inteligencia. Quería que sus predicadores
fuesen piadosos, sí, ante todo, pero a la vez ilustrados, estudiosos, lectores asiduos,
e infatigables diseminadores de la educación y la cultura.
Nada más fácil que hacer de una falsa piedad la cobertura
de la indolencia y el enmohecimiento intelectuales. Nada más que pretender
disimular, con una sarta de frases pías, ya bien memorizadas y sobadas, la
falta de estudio y preparación. Nada más fácil que suplir la solidez del
pensamiento y el fervor auténtico, jamás reñido con la ilustración, apelando al
clamor de platillos y redoble de tambores de una “elocuencia” inflada y
lacrimosa. Pero nada de eso tiene derecho a apellidarse “metodista” porque el
metodismo genuino fue, ha sido y debe seguir siendo PIEDAD CULTA, SANTIDAD
INTELIGENTE Y ESPIRITUALIDAD ILUSTRADA.
Fragmento (3 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.
También puede leer:
Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Un entusiasmo racional.
También puede leer:
Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Un entusiasmo racional.
Aviso importante
Si
usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:
Artículo
tomado del Blog del Instituto de Estudios
Wesleyanos - Latinoamérica
Etiquetas:
espiritulidad ilustrada,
estudios wesleyanos,
gonzalo báez-camargo,
historia metodista,
identidad metodista,
identidad wesleyana,
john wesley,
tradición wesleyana
martes, 14 de abril de 2015
Un entusiasmo racional
Dr. Gonzalo Báez-Camargo
A los primeros metodistas les llamaron “los entusiastas”.
Los primeros metodistas no fueron, realmente, aquellos jóvenes estrictos y
tiesos del Club Santo de Oxford, que buscaban en una piedad legalista y
ascética su salvación. Los primeros metodistas fueron en verdad aquellos rudos
mineros de Cornwallis, aquellas mujeres rescatadas del arroyo, aquellos
deshollinadores de Londres.
Todas aquellas gentes postergadas por la sociedad
–para quienes el mensaje de la gracia universal e infinita de Dios en Cristo,
predicado por Wesley, fue como la irrupción de un gozo incontenible en sus
vidas, antes opacas y silenciosas.
Lo que más le criticaban al metodismo primitivo los
clérigos ritualistas de la Iglesia oficial y los señorones estirados de la alta
sociedad inglesa, era su entusiasmo. El movimiento estuvo a punto de llamarse “entusiasmismo”
en vez de “metodismo”. Porque el apodo de “entusiasta” andaba por ahí del brazo
de “metodistas”. ¡Imaginémonos! Seríamos hoy la Iglesia Entusiasta, en vez de
la Iglesia Metodista.
El primer sermón que predicó Wesley después de su
experiencia en Aldersgate fue sobre el texto: “Y esta es la victoria que vence
al mundo: nuestra fe”. Fue un canto de victoria. El metodismo nació al son de
trompetas triunfales, llevando cantos de liberación en los labios, y un venero
de sagrada exaltación en los corazones. “Esa noche –escribe Wesley en su
Diario- me atacaron rudamente en un gran concurso de personas, llamándome
entusiasta”. Y cuando Carlos Wesley se echó por campos y plazas alzando sus
inmortales himnos de gracia, amor, gozo y victoria espiritual, el metodismo se
hizo un encendido cántico, y las míseras y oprimidas masas populares rompieron
en oleadas de entusiasmo. “Una piedad agria –escribió otra vez el Fundador – es
religión del diablo”.
Quienes hablan y escriben, a golpe de vista, y de oídas,
sobre la “frialdad del protestantismo”, que pasan por alto ese fuego, esa
efusión de entusiasmo y gozo rebosante, que han encarnado en movimientos como
el moravo o el metodista. Las masas inglesas no habían conocido más alegría que
la tórpida y artificial de los licores ni más cantos que los procaces de la
taberna. Un día se sintieron poseídos de una embriaguez espiritual –como los
apóstoles en el Pentecostés- y se echaron a cantar himnos de redención: había
nacido el metodismo.
Pero no se piense que el metodismo primitivo se convirtió
en una simple oleada de emociones desbocadas y se sentimentalismo ululante.
Wesley había experimentado un profundo cambio en el corazón, pero siempre
conservó la cabeza sobre los hombros. Su madre Susana lo había enseñado, desde pequeño,
a razonar tan serenamente como fuera posible, antes de tomar decisiones. Y de
ahí tomo la costumbre de escribir en un papel, minuciosa y hasta fríamente, el
pro y el contra de cualquier cuestión, para pesar las razones de obrar en un
sentido o en otro.
Así fue como más tarde, cuando llegó a su vida la
arrolladora experiencia personal de la gracia, y cuando encabezó el más
poderoso avivamiento cristiano de la época,
y uno de los más poderosos de la
historia, pudo combinar el entusiasmo con el juicio, el sentimiento con la
inteligencia, el arrebato de la alegría con el dominio de la razón.
En las reuniones metodistas comenzaron a suceder cosas
extrañas. Gente que prorrumpía de pronto en carcajadas, en gritos, en gemidos
desgarradores: gente que caía al suelo retorciéndose o se ponía a bailar y
saltar. Juan Wesley observó aquello con suma preocupación y decidió que todo
eso era obra del diablo, que quería frustrar el gran avivamiento. Entonces
comenzó, con dulzura, pero con inquebrantable firmeza, a reprimir aquellos
brotes del emocionalismo sin gobierno. Sin perder su entusiasmo. EL MOVIMIENTO
EXCLUYÓ LAS EXTRAVAGANCIAS Y EL METODISMO SE SALVÓ DE CONVERTIRSE EN
HISTERISMO. Fue un ENTUSIASMO RACIONAL.
Conviene recordarlo cada vez que nos sintamos tentados de
albergar un sentimentalismo teatral y a buscar, en los avivamientos, la
excitación desgobernada de las emociones. Nada más fácil, después de todo, que
sacudir el sentimiento y poner los nervios de punta. Basta con quebrar la voz,
con ponerse en trance lacrimoso y usar una elocuencia voluptuosa para suscitar
desde el púlpito un desbordamiento de la emoción. Y con que otros secunden con
ruidos “amenes” y estentóreos “aleluyas”. Cierto que hay momentos de profundo
sentir; tocamientos desde lo alto que nos llegan a lo más vivo del alma. Eso no
autoriza a convertir la excitación sistemática y desatentada de las emociones
en recursos bastardo de oratorio y técnica deshonesta de un seudo evangelismo.
Nuestro Señor Jesucristo, en quien habitaba la plenitud
del Espíritu Santo, era la persona más equilibrada, sensata y serena que ha
existido. Nada de convulsiones histéricas. Por el contrario, a los atacados y
poseídos, les “echaba fuera demonios”. Tuvo sus grandes crisis personales: su
cuarentena en el desierto, su Gethsemaní, pero su predicación apelaba a la
inteligencia a la vez que al corazón: era un maestro que explicaba y enseñaba
tranquilamente a la vez que un predicador que hacía sonar su profética voz de
llamamiento. Y cuando el entusiasmo de las masas se excedía y desencaminaba
“despedía a las gentes” y se iba solo “al monte a orar”.
La manera más segura de frustrar un avivamiento es
convertirlo en explosión y humareda de simples emociones. Fiel discípulo de
Jesucristo, Juan Wesley, lo entendió así. Yendo más allá de las impresiones del
momento –cuya exageración reprimió sin vacilar- buscó en un verdadero cambio de
vida y de carácter la prueba de la verdadera conversión, y de la presencia real
del Espíritu Santo. Y por eso pertenece al genio del metodismo auténtico
ser entusiasta, sí, pero ENTUSIASMO
RACIONAL.
Fragmento (2 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.
Puedes ver la primer entrega: Un avivamiento evangélico, AQUÍ
Puedes ver la primer entrega: Un avivamiento evangélico, AQUÍ
Aviso importante
Si
usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:
Artículo
tomado del Blog del Instituto de Estudios
Wesleyanos - Latinoamérica
Etiquetas:
estudios wesleyanos,
gonzalo báez-amargo,
gonzalo báez-camargo,
historia metodista,
identidad metodista,
identidad wesleyana,
john wesley,
tradición wesleyana
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










