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jueves, 26 de noviembre de 2015

El Metodista Pregunta (10 preguntas absueltas)

Serie El Metodista Pregunta

Interrogantes absueltas por el Dr. F. Belton Joyner Jr.

El libro propone 78 de las preguntas más recurrentes entre los metodistas no solo de EE.UU. sino de todo el mundo, las cuales son respondidas de modo fundamentado, concreto y ameno por el Dr. Joyner.
Para la fundamentación de las respuestas, el autor se basa en documentos oficiales de la Iglesia Metodista Unida de los EE.UU.; los tres volúmenes de la colección The Works of John Wesley; y Explanatory Notes upon the New  Testament, de John Wesley.

A continuación compartimos las primeras 10 preguntas traducidas y publicadas en nuestro blog:

1. ¿Cómo conocemos a Dios?
2. ¿Quién es la Trinidad?
4. ¿Por qué permite Dios el sufrimiento?
5. ¿Está bien llamar "Padre" a Dios?
6. ¿Qué creen los Metodistas Unidos acerca de la evolución? 
7. ¿Qué significa la encarnación?
8. ¿Jesús nació realmente de una virgen?
9. ¿Dónde estaba Jesús cuando el mundo fue creado?
11. ¿Cuál es el significado de la resurrección de Jesús? 
12. ¿Jesús vendrá otra vez?


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viernes, 18 de septiembre de 2015

Nueva serie: El Metodista Pregunta

Identidad wesleyana: El Metodista Pregunta


Con la finalidad de contribuir con el fortalecimiento de la identidad wesleyana en nuestro continente, el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica (IEW-LA) inicia la publicación de la traducción del libro United Methodist Questions, United Methodist Answers, escrito por el Dr. Belton Joyner Jr. ministro de la Iglesia Metodista Unida de los EE.UU. y especialista en historia y doctrina wesleyana.

El libro propone 78 de las preguntas más recurrentes entre los metodistas no solo de EE.UU. sino de todo el mundo, las cuales son respondidas de modo fundamentado, concreto y ameno por el Dr. Joyner. 

Para la fundamentación de las respuestas, el autor se basa en documentos oficiales de la Iglesia Metodista Unida de los EE.UU.; los tres volúmenes de la colección The Works of John Wesley; y Explanatory Notes upon the New  Testament, de John Wesley.

Es necesario señalar que el IEW-LA cuenta con el permiso expreso del autor, Dr. Belton Joyner Jr., propietario del copyright del libro, para la traducción y publicación de fragmentos de la obra, lo que nos lleva a realizar una selección de preguntas y respuestas por cada uno de los trece capítulos, haciendo incidencia especialmente en los temas doctrinales y éticos, antes que en los temas relativos a organización e historia.

Semanalmente estaremos haciendo entrega de dos preguntas y respuestas, a través de nuestras redes sociales (Facebook, Blogger y Twitter) en una serie que hemos denominado El Metodista Pregunta. El autor recomienda la lectura personal de cada uno de los temas y la discusión grupal de los mismos en reuniones de estudio en la iglesia, con la finalidad de compartir opiniones, fortalecer los aprendizajes y afirmar la identidad wesleyana.



Johnny Llerena
Coordinador Ejecutivo
IEW-LA


martes, 30 de junio de 2015

Enseñanzas de John Wesley

Coloca el cursor sobre la imagen y pulsa sobre los botones rojos para acceder a las enseñanzas de John Wesley.


   

Elaborado por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica

lunes, 22 de junio de 2015

Seis consejos de John Wesley para estudiar la Biblia


Consejos de John Wesley para leer la Biblia


En el prefacio a las Notas al Antiguo Testamento (Pag. 546, numeral 18), John Wesley dejó instrucciones para realizar una provechosa lectura de la Biblia:


Si usted desea leer las Escrituras de tal manera que puedan responder con mayor eficacia a este fin, sería aconsejable seguir estos pasos:


1. Establezca un tiempo para la lectura, si es posible, cada mañana o cada tarde.

2. Si dispone de tiempo suficiente lea un capítulo del Antiguo Testamento y uno del Nuevo. Si no puede hacerlo, lea un solo capítulo o una parte de él.

3. Lea con el único propósito de conocer la voluntad de Dios y con la firme resolución de cumplir Su voluntad.
4. Lea con atención constante para ver la conexión y la armonía de estas grandes doctrinas: el pecado original, la justificación por la fe, el nuevo nacimiento,y la santidad interior y exterior.
5. Ore fervientemente y seriamente antes de leer las Escrituras, para entenderlas  como solo puede entenderse a través del mismo Espíritu Santo que las inspiró. Del mismo modo, debemos terminar la lectura con una oración.

6. Mientras lee, haga una pausa para examinarse a Ud. mismo, tanto en lo referente a su corazón como a su vida. Utilice de inmediato todo lo que Dios le muestre, para su salvación presente y eterna.


25 de abril de 1765


AVISO IMPORTANTE
Si desea reproducir este artículo, favor colocar al final el siguiente texto con el respectivo enlace:

Artículo tomado del Blog del Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.


jueves, 21 de mayo de 2015

El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy


El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy

El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy

Autor: Dr. Gonzalo Báez-Camargo


El Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica pone al alcance de las congregaciones wesleyanas la republicación del discurso del erudito metodista mexicano Gonzalo Báez-Camargo, con el propósito de contribuir con el proceso de reflexión que vive actualmente esta gran parte del pueblo de Dios y volver a mirar los principales elementos de la identidad metodista.

Aunque este discurso fue pronunciado en 1953 a la juventud metodista de México, la capacidad de reflexión y síntesis de su autor lo hace actual y vigente para nuestros tiempos.
El libro se compone de seis capítulos que están disponibles en nuestro blog:

1. Un avivamiento evangélico. Ingrese a este enlace.
2. Entusiasmo racional. Ingrese a este enlace.
3. Espiritualidad ilustrada. Ingrese a este enlace.
4. Evangelismo revolucionario. Ingrese a este enlace.
5. Un ministerio laico. Ingrese a este enlace.
6. Disciplina democrática. Ingrese a este enlace.


Se permite la reproducción de nuestros contenidos siempre que se cite la fuente y el enlace de este blog.

lunes, 11 de mayo de 2015

Disciplina democrática

Disciplina democrática - Reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy

Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Juan Wesley gobernó el movimiento metodista desde sus comienzos con dulzura y amor no exentos de firmeza y energía cuando se hicieron necesarias. Pero lo gobernó centralizando en su persona la autoridad para las decisiones finales. En términos francos, él era la autoridad suprema del metodismo naciente. Fue en cierto modo un dictador eclesiástico.

No obstante, siempre concibió esa autoridad prácticamente absoluta como una mera medida de emergencia. La oposición que encontraba el metodismo, por un lado,  por otro las apremiantes necesidades espirituales del movimiento, cuyas filas engrosaban de modo sorprendente, exigían rapidez de acción y una disciplina de lucha y de trabajo semejante a las requeridas en una campaña militar. Por esa razón Wesley asumió facultades de general en jefe y organizó a sus predicadores como oficiales, y a los metodistas todos como soldados. Estudiaba los problemas en oración y a la vista de la Palabra de Dios; buscaba también el consejo y las opiniones de sus hermanos, pero se reservaba siempre el derecho de tomar él la decisión final, y de hacerla ejecutar con prontitud y sin vacilaciones.

Pero sería un grave error histórico tildar a Wesley de espíritu autocrático y arbitrario. Nunca pensó que el metodismo se gobernara perpetuamente de la misma manera en que las circunstancias lo obligaron a él a gobernarlo. Y la prueba es que mucho antes de morir dispuso que tan pronto faltara él, el gobierno de las comunidades metodistas pasara plenamente a las Conferencias Anuales, las cuales se habrían de conducir como verdaderos parlamentos democráticos. El metodismo vino a ser, al fin y al cabo, en su misma esencia, un movimiento profundamente democrático.

La experiencia de Wesley en Aldersgate no fue solamente la conversión de una religión de justificación propia a una religión de libre gracia. Fue también la conversión de un sacerdotalismo rígido y de un orden jerárquico a una fe democrática y a un sistema popular. Con su Club de los Santos, Wesley había ensayado el método del rigor, de las disciplina tierra fría y árida, esperando que en ese clima floreciera una verdadera piedad. Fue el  mismo espíritu que llevó a su obra misionera de Georgia, y que lo hizo fracasar allí. En Aldersgate obtuvo un nuevo y profundo sentido de la dignidad y libertad de la persona humana, que no ha de gobernarse con simples actos de autoridad, ni puede desarrollarse en un clima de mandatos absolutos y rigorismos legales. Después de Aldersgate, Wesley supo combinar el orden con la democracia y la disciplina con la libertad.

Aunque era ministro anglicano, y hasta su muerto siguió siéndolo, Juan Wesley no estableció para su movimiento una jerarquía clerical de tipo monárquico. Solo estableció “superintendentes” que podían ordenar ministros; y esto último lo autorizó obligado por la renuencia de las autoridades anglicanas a dispensar la ordenación llamada “apostólica” a los predicadores metodistas. El episcopado metodista nació en los Estados Unidos, y su aparición se debió en gran parte al hecho de que dicha nación se había independizado de Inglaterra y el metodismo norteamericano quiso constituirse autónomo. Aún así, el episcopado metodista no ha sido nunca un rango autoritario y una casta jerárquica. Era todavía menos que una monarquía constitucional. Asbury y los obispos que le sucedieron, quisieron seguir siendo simples “superintendentes generales”, epískopos en el sentido neotestamentario de un sobreveedor, y no de una autoridad jerárquica.

Identidad WesleyanaEl aliento democrático del metodismo brotaba de su hincapié en la libertad interior, que igual que cuando brotó la reforma del siglo XVI, fue el pivote esencial del movimiento. La “pasión por la justicia y la libertad interior fueron la esencia de la cruzada evangélica: “de ello no puede haber duda” dice J. W. Bready. Y son del propio Wesley, en sus Pensamientos Sobre la Esclavitud, las siguientes palabras que ondean como una magnífica bandera de emancipación: “Dad libertad a quien se debe libertad, esto es, a todo hijo de hombre, a todo participantes de la naturaleza humana. ¡Fuera con todos los látigos, todas las cadenas, todas las imposiciones!”.

No podía ser partidario de una autocracia eclesiástica, quien tanto insistía, como Wesley, en el libre albedrío humano. En la organización interna del movimiento metodista, los grupos denominados “clases” fueron verdaderos almácigos de una educación democrática. En aquellos grupos había oportunidad para el cambio de opiniones y la discusión. El director de clase era simplemente un hermano mayor. Y su carácter laico era una garantía contra cualquier intento de constituirse en jerarquía clerical con poderes omnímodos sobre la masa de los fieles. Las “clases” metodistas eran verdaderas células, no solamente para el crecimiento espiritual, sino también para la educación democrática de quienes las formaban. Con mucha razón dice Dobbs: “Un círculo de obreros o mecánicos, a quienes guiaba en el culto o en la conferencia uno perteneciente a sus propias filas, fue un gran paso para la democracia”.

Para Wesley y el metodismo original, la disciplina no es precisamente la afirmación de un principio de autoridad jerárquica o la institución de poderes autocráticos en quienes gobierna la Iglesia; la disciplina es cosa más bien de dominio propio, de autogobierno personal, de orden y eficiencia práctica para servir mejor a los intereses del Evangelio. Por eso el verdadero centro y base de la Disciplina Metodista, lo constituyen las reglas de disciplina y conducta personal, de carácter y comportamiento éticos, que Wesley aconsejó a los predicadores y a los fieles. Pretender hacer de la Disciplina una coraza de acero, una especie de Talmud estricto y autoritario, es falsear su verdadero espíritu y sentido.

El metodismo fue un movimiento de masas, el despertamiento del hombre del pueblo, del hombre común, a un nuevo sentido de dignidad e independencia espiritual. En tal virtud fue intensa y genuinamente democrático. Autorizados historiadores y sociólogos han llegado a la conclusión de que al metodismo se debe el aliento que animó a ese ejemplo de democracias que es la democracia inglesa. Mientras el pueblo de Francia se lanzaba por cauces de violencia a una revolución de terror y guillotina, en Inglaterra, merced en gran parte a la inspiración del avivamiento metodista, la revolución del pueblo asumió la forma de una pacífica pero profunda transformación política, social, económica, moral y espiritual.

El metodismo realizó solo con una base espiritual y hondo contenido ético, las divisas de la Francia revolucionaria: “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. La religión fue, en el metodismo, “una religión del pueblo, para el pueblo y por el pueblo” (Bready). Ningún despotismo, civil o eclesiástico, es compatible con el genio y espíritu del metodismo. Porque desde sus principios, el metodismo fue una democracia disciplinada y una disciplina democrática.

Palabra final
Que el metodismo mantenga su tradición de avivamiento evangélico, entusiasmo racional, espiritualidad ilustrada, evangelismo revolucionario, ministerio laico y disciplina democrática: tal es el reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy.

Mejor dicho, el reto de Cristo, porque Wesley no fue más que el profeta de una época, mediante quien Jesucristo nuestro Señor hizo llegar al mundo de entonces su ardiente llamamiento a una renovación espiritual. Responder a este llamado de Cristo, será, pues, la mejor manera como el metodismo mexicano puede conmemorar la epopeya religiosa iniciada por Wesley en obediencia a la voz celestial.

Fragmento (6 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.


También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.
Quinta entrega: Un ministerio laico.


Aviso importante
Si usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:


lunes, 4 de mayo de 2015

Un ministerio Laico

Un ministerio laico - Historia del Metodismo

Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Fue providencial que el clero de la Iglesia Anglicana, a que Juan Wesley perteneció hasta su muerte, se mostrase hostil al movimiento metodista. Así nació una de las instituciones más características de esta: EL MINISTERIO LAICO.

Sabido es que en los planes originales del reformador no figuraba la creación de una nueva denominación o iglesia parte. Había querido en un principio que el avivamiento, cuyas oleadas de fuego estaban incendiando a toda Inglaterra, viniera a constituir una especia de ORDEN LAICO dentro de la Iglesia oficial. Los primeros núcleos metodistas se llamaron, por esa razón, simplemente SOCIEDADES. Para ministrarles los sacramentos, la predicación de la Palabra, y los demás “medios de gracia”, Wesley contaba con que un número suficiente de ministros ordenados perteneciente al clero anglicano, se unirían al movimiento.

Pero no fue así. No solo el ministerio anglicano se abstuvo, en general, de unirse con el metodismo, sino que lanzó contra este una encarnizada ofensiva desde los púlpitos y los cabildos. Al propio Wesley, no obstante sus órdenes legítimas, según el anglicanismo, se le cerraron los templos y los púlpitos. Y sin embargo, a medida que el movimiento crecía, con la fuerza de un torrente en empinado declive, y se engrosaban las multitudes ávidas de nutrición espiritual, más agudo se hacía el problema de contar con un número también creciente de ministros que pudieran eficazmente pastorearlas.

Por algún tiempo, Juan Wesley no pudo hallar la solución. Educado dentro de los cánones estrictos de la Iglesia Anglicana, se aferraba a dos normas en cuanto al ministerio: 1ra. Que solo los que hubieran recibido las órdenes eclesiásticas podían ministrar espiritualmente al pueblo. 2da. Que únicamente los obispos que estaban dentro de la “sucesión apostólica” podían conferir órdenes ministeriales válidas. Con este criterio, el reformador se hallaba en un callejón sin salida; le faltaban cada vez más ministros; los ministros ordenados que se le unían eran escasísimos; los obispos anglicanos se negaban a ordenar candidatos metodistas al ministerio. ¿Qué hacer?

Cuando Dios le envió la solución, Wesley no pudo reconocerla en un principio, y hasta la rechazó escandalizado. Entre los numerosos convertidos de Bristol, había un artesano casi iletrado, Tomás Maxfield, a quien, como a otros, el reformador había encomendado leer la Biblia acompañando algunas explicaciones elementales, a las sociedades, pero con la advertencia precisa de que no intentara predicar, función –según criterio aludido- exclusiva de los eclesiásticos.

Pues bien, llevado de su celo, Maxfield se echó a predicar. Y su predicación estaba henchida de poder. Pero a Wesley le disgustó aquel atrevimiento: “¡Tomás Maxfield ha resultado predicador!” Fue Susana, la madre de Juan, quien a esta exclamación respondió con un consejo histórico. No obstante que ella misma estaba imbuida de las normas anglicanas, su intuición de mujer de alta espiritualidad, la puso por encima de todo rigorismo eclesiástico: “Juan –le respondió- tú sabes cuál ha sido mi modo de sentir. No puedes sospechar que yo esté dispuesta a favorecer, sin más ni más, ninguna cosa de esa especie. Pero ten cuidado con lo que haces respecto a ese joven, porque Dios lo ha llamado a predicar tan seguramente como te ha llamado a ti. Considera cuáles hayan sido los frutos de su predicación y escúchalo personalmente”. Juan fue a oír al flamante predicador y no pudo menos que exclamar: “¡Esto es cosa del Señor! Haga El lo que a El bien le pareciere”.

identidad metodista: un ministerio laicoAquel día de 1742, nació el ministerio laico metodista. Tras Maxfield, vinieron otros por decenas y luego por centenares. Vencidos sus escrúpulos, Wesley los comisionaba a predicar. Artesanos, campesinos, profesionistas, sin abandonar sus medios de sustento, primero fueron formando las heroicas brigadas de ministros laicos. Por otra parte, Wesley había organizado las sociedades en CLASES o grupos, cada uno al cuidado de un director laico que ejercía con respeto a aquel puñado de almas, casi todas las funciones de un pastor auxiliar. Unos y otros fueron los adalides del metodismo, a cuyos esfuerzos abnegados y persistentes se debió en gran parte la rápida difusión del movimiento.

Y así se recuperó un aspecto olvidado y soterrado del primitivo cristianismo: el de haber sido ante todo y sobre todo un movimiento laico, dirigido por laicos. Un movimiento sin vallas jerárquicas, sin clero o casta sacerdotal, sin burocracias eclesiásticas. Un movimiento en que todo creyente recibía por ministerio del Espíritu Santo, órdenes sagradas de testigo y anunciador del Evangelio. Un movimiento en que, si bien había, como debe haber, diversidad de dones y por tanto de ministerios, no se establecían distinciones llamando a unas “profanas” y a otras “sagradas”, cuando la vida del creyente se había consagrado a su Señor. Un movimiento, en fin, que tiene por Cabeza a Quien fue, conforma a la carne, un artesano de provincia y de quien se dice (Heb 8:4) que “si estuviese sobre la tierra, ni aún sería sacerdote”. Pues su “sacerdocio inmutable” era un sacerdocio espiritual del cual El se digna hacer partícipes, y al cual El llama, a todos y cada uno de los que creen en El y lo siguen.

Así, con su ministerio laico, el metodismo sacó de nuevo a luz, y encarnó dramáticamente la verdad evangélica de que todas las vocaciones pueden ser sagradas. Pues no es la índole del oficio o profesión lo que los constituye en “profanos” o “sagrados”, sino la calidad de vida de quien los ejerce, la medida de su entrega al servicio (“ministerio” quiere decir “servicio”) de su Salvador. Y cuando, cualquiera que sea el campo particular de servicio a que El llama, son de El las órdenes que se reciben, esas órdenes son indiscutiblemente ÓRDENES SAGRADAS.

Esto, por supuesto, de ningún modo anula la necesidad de que exista un ministerio más específico, para el desempeño de funciones más concretas, desde el punto de vista de la organización, gobierno y disciplina institucionales. Un ministerio cuya señal e investidura es la ceremonia de la ordenación eclesiástica propiamente dicha, y del cual se espera la dedicación total de su tiempo a las labores de la predicación, la administración de los sacramentos y el pastoreo de las almas, y al cual le están vedados los trabajos y negocios seculares. La Iglesia los aparta para el cumplimiento exclusivo de esa comisión y para ello provee a su sostén material.

Pero este ministerio específico no constituye clase o casta por separado. Mucho menos otorga en sí mismo, aparte de la calidad de vida, fidelidad y consagración personales de quien lo profesa, ninguna superioridad, privilegio o procedencia en el reino de los cielos. No confiere más honra que la de Dios otorga a quienes en esa u otra profesión lo honren a El primero, y de ese modo honren el ministerio, y honrándolo, se honren a sí mismos. Recibe credenciales que le son necesarias para fines de organización aquí en la tierra, pero no son esas las credenciales que le servirán de “pase” cuando haya de comparecerse ante la presencia del Señor. Ya San Pablo lo definió de una vez por todas: “Y hay repartimiento de MINISTERIOS; mas el mismo Señor es” y la cuestión de las jerarquías y las categorías, el propio Señor Jesús la decidió con palabras que no serán revocadas: “Si alguno quiere ser el primero, sea el postrero de todos y el servidor de todos”.

Fragmento (5 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada.
Cuarta entrega: Evangelismo revolucionario.


Aviso importante
Si usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:


martes, 28 de abril de 2015

Evangelismo revolucionario

Evangelismo revolucionario - Gonzalo Báez Camargo

Dr. Gonzalo Báez-Camargo


Poco ha sido más pernicioso para la evangelización efectiva del mundo que la artificial e indebida separación que se ha hecho, oponiéndolos a veces como adversarios irreductibles, entre el esfuerzo por la regeneración de los individuos y el empeño por el saneamiento moral de la sociedad en su conjunto. Hasta se han inventado los términos “Evangelismo Personal”, por una parte, y “Evangelismo Social”, por la otra: o simplemente se han contrapuesto, como rivales irreconciliables, el “evangelismo” y la “obra social”.

Se han formado así dos bandos extremos: dos parcialidades que dejan, cada una, trunco el Evangelio de Cristo: El Cristo que llamaba pecadores al arrepentimiento, pero también daba de comer a las multitudes, sanaba a los enfermos y denunciaba con sagrada indignación a los explotadores de los huérfanos y las viudas. Unos dicen estar tan ocupados en salvar, una por una las almas, que no les interesa extirpar las injusticias económicas y sociales. Los otros pretenden estar tan atareados reformando a la sociedad, que no tienen tiempo para preocuparse por la regeneración de las almas individuales. Unos se dedican exclusivamente a sacar individuos de la cloaca, sin haber nada para que esta desaparezca y sin fijarse que muchos siguen cayendo; los otros se dedican a desecar la cloaca sin importarles los individuos que se están ahogando en ella. ¿Cómo es posible que unos y otros no hayan visto y entendido que ambas cosas son necesarias y ambas tienen que hacerse?

Desde luego, la obra de la conversión de los individuos es lo fundamental. Para cambiar el mundo hay que cambiar al hombre. La raíz del pecado, tanto individual como social, está en el corazón humano, y si éste no cambia, ninguna reforma social dará resultado. El error no está en dar la primacía a la obra de salvación individual, sino en LIMITARSE A ELLA. Nadie que realmente se interese por salvar hombres del pecado, puede permanecer indiferente ante las diversas formas de pecado social que arrastran a los individuos a pecar. Hay algo de falso en el fervor salvacionista de una persona que se encoge de hombros ante el sufrimiento económico,  la opresión, la explotación, la injusticia, el MAL SOCIAL.

Identidad metodista: evangelismo social
El metodismo fue, como hemos visto, un avivamiento espiritual, una recuperación del viejo y olvidado Evangelio de la gracia de Dios, libre y abundante para todos los hombres. Su interés fundamental estaba en la conversión de las almas individuales. Pero no fue exclusivista. Su amor por las almas ardió con tan viva llama que fue mucho más allá de la tarea de rescatarlas una por una. Se enfrentó con una sociedad en que primaban instituciones, sistemas y prácticas de iniquidad, y luchó con empeño irreductible por su extirpación.

Para Wesley y los metodistas primitivos no había tal separación entre “evangelio” y “obra social”. Para ellos, la obra de evangelización era tanto individual como social. Profesaban un evangelismo revolucionario. En el prefacio al primer Himnario Metodista (1739) decía Wesley: “El Evangelio de Cristo no conoce otra religión que la SOCIAL ni otra santidad que la SANTIDAD SOCIAL. Este mandamiento tenemos de Cristo, que el que ama a Dios, ame también a su hermano”. Y en un célebre sermón predicado en Oxford, en 1744, declaró: “Todo proyecto para construir la sociedad que pasa por alto la redención del individuo, es inconcebible… Y toda doctrina para salvar a los pecadores, que no tiene el propósito de transformarlos en cruzados contra el pecado social, es igualmente inconcebible”.

Con el mismo ardor con que predicaba a los hombres el arrepentimiento y los llamaba a acogerse a la gracia redentora de Dios en Cristo, el gran metodista se lanzó en un ataque de frente contra las más grandes injusticias y pecados sociales de su época. Se hizo campeón decidido, valiente, incansable, de la abolición de la esclavitud. Luchó por acabar con la explotación de los niños y las mujeres en las fábricas; abogó por la reducción de la jornada de trabajo y el aumento de salarios; trabajó con denuedo por la reforma del sistema penal y la humanización de las cárceles; repudió la guerra, condenó el abuso del dinero y los privilegios; atacó rudamente el tráfico de licores; propugnó una reforma agraria que acabara con el latifundismo y propuso un sistema de precios justos, salarios adecuados y empleo para todos.

¿Todo esto suena hoy a comunismo? Pues es Evangelio auténtico y metodismo genuino. Son de Juan Wesley, y no de un demagogo marxista estas palabras de profeta: “Dad libertad a quien tiene derecho a la libertad, es decir, a todo hijo de hombre, a todo el que participa de la naturaleza humana… ¡Fuera con todos los látigos, todas las cadenas y todas las opresiones!” (PENSAMIENTOS SOBRE LA ESCLAVITUD, 1774). Y estas otras de su diario, febrero 9, 1753: “Es perversa y diabólicamente falsa la común objeción: “Los que son pobres están así solo porque son perezosos”.

Basta mencionar, para probar este aliento social del metodismo, los dos grandes triunfos obtenidos en este terreno en Inglaterra: La abolición de la esclavitud, consumada por Wilberforce, y la emancipación de los obreros industriales, consumada por Lord Shaftesbury. John Howard consumó la reforma del sistema de prisiones, una causa humana que Wesley comenzó a agitar. He aquí el espléndido y autorizado tributo de Lloyd George: “El movimiento que logró mejorar las condiciones de las clases trabajadores en cuanto a salarios, horas de trabajo y otras mejoras, encontró la mayoría de sus mejores jefes y oficiales en hombres que se educaron en instituciones resultantes del metodismo”.

Los historiadores y sociólogos están de acuerdo en que la razón de que Inglaterra se salvara de subversiones sociales sangrientas y de que el socialismo británico esté impregnado de sentido religioso (en vez de ser ateo como en otros medios), se debe al poderoso aliento social derivado del metodismo.

Fragmento (4 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Entusiasmo racional.
Tercera entrega: Espiritualidad ilustrada


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Si usted desea reproducir este artículo, favor colocar el siguiente texto:


martes, 21 de abril de 2015

Espiritualidad ilustrada


Dr. Gonzalo Báez-Camargo

Los voceros de un pietismo oscurantista pretenden que la verdadera espiritualidad menosprecia la ilustración y la cultura. Quieren que la ignorancia se escude tras una sedicente santidad. Hacen de la inteligencia una bohardilla separada del alma y suponen que el alma puede gozar de luz cuando la inteligencia está en tinieblas.

Encontré una vez, en una Universidad de los Estados Unidos, a un joven estudiante, miembro del movimiento llamado Juventud para Cristo parado ante la mesa en que se exhibían los libros recomendados durante una campaña de evangelización estudiantil. “¿Ve usted todos esos libros? –me dijo. Pues yo no necesito leerlos para la salud de mi alma”.

Ciertamente, el saber mucho no salva, pero un cristiano redimido que sabe mucho y pone lo que sabe al servicio de su Redentor puede ser en las divinas manos un instrumento más útil. San Pablo dijo: “si yo tuviese toda la ciencia… y no tengo amor, nada soy”. Pero dijo lo mismo de la fe. Y a los filipenses encargaba: “Que vuestro amor abunde más y más en ciencia y en todo conocimiento para que discernáis lo mejor”.

El movimiento metodista fue la irrupción de una nueva y honda espiritualidad, pero de una espiritualidad ilustrada. Una espiritualidad que desde los comienzos procuró difundir y emplear la educación y la lectura de buenos libros. Los clérigos oficiales de la época, atiborrados de latines, metafísicas y teologías, fruncían la nariz ante los predicadores y congregantes metodistas, tildándolos de turbas ignorantes. Y es cierto que la gran mayoría provenía de las capas ignaras del pueblo. Pero Wesley no los conservó ignorantes. Mucho menos les embotó la mente con la pampirolada de que la santidad no necesita ilustrarse.

A sus predicadores les prescribía cursos de lectura sistemática sobre los que se les examinaba. Les demandaba “cuando menos cinco horas de cada veinticuatro dedicadas a la lectura de los libros más útiles”. Sin leer extensamente –decía- no puede uno “ser jamás un predicador profundo ni tampoco un completo cristiano”. Poniendo por ejemplo, el Fundador era un lector voraz sobre una gran variedad de asuntos. Tenía un interés especial por la física y, dentro de ellas, por la electricidad. Devoró cuando le cayó en mano de los escritos de Franklin, Priestley y otros famosos físicos de la época. Hacía él mismo experimentos con máquinas eléctricas. De modo particular le interesaba la aplicación de la electricidad a la medicina, otra ciencia que estudió con asiduidad. Hasta escribió un curioso libro intitulado Física Primitiva (método fácil y natural de curar la mayoría de enfermedades).

identidad wesleyana: espiritualidad ilustrada
Personalmente preparó su famosa BIBLIOTECA CRISTIANA, compuesta de cincuenta volúmenes, que hizo publicar, abreviando y condensando, para hacerlas más accesibles al pueblo, obras de los mejores autores. Fue una de las más notables y primeras colecciones de divulgación y cultura popular de los tiempos modernos. Estableció “Salones de Lectura”. Encomendó a sus predicadores la difusión intensa y constante de libros, encareciendo que cada uno de ellos fuese un “Mayordomo del Libro”.

Los metodistas, aun los más pobres y humildes, iban formando en sus hogares –cosa inaudita hasta entonces- pequeñas colecciones de libros, las primeras bibliotecas privadas entre las masas populares de aquel tiempo. Los predicadores itinerantes, que recorrían kilómetros y kilómetros a caballo, llegaban a las más apartadas aldeas con las alforjas de sus monturas llenas de libros y folletos. Wesley formó un fondo especial para proveer de libros a muy bajo costo a las gentes más pobres. Escribió la REVISTA ARMINIANA. El metodismo fue, en una palabra, el primer gran movimiento moderno de educación de los adultos y de difusión popular de la cultura.

Añádase a esa tenaz campaña a favor de la lectura, la fundación de escuelas elementales para chicos y grandes, entre ellas aquellas primitivas Escuelas del Domingo, precursoras de las Escuelas Dominicales de Roberto Raikes y que eran, como se sabe, no solo escuelas de instrucción religiosa, sino de primeras letras e iniciación en las artes y las ciencias. “Predicad expresamente en pro de la educación”, era la consigna de Wesley a sus predicadores. Y cuando alguno objetaba: “Pero es que yo no tengo don para eso”, la respuesta del Fundador no se hacía esperar: “Con don o sin él, tienes que hacerlo: de otro modo, no estás llamado a ser un predicador metodista”. Con razón dice de él la Enciclopedia Británica: “Ningún hombre hizo tanto en el siglo dieciocho para crear el gusto por la buena lectura y para proveerlo con libros a los más bajos precios”.

Por eso el avivamiento metodista fue no solo un resurgimiento de la espiritualidad, sino un verdadero renacimiento de la cultura y la educación popular. La santidad que Wesley predicaba no era la SANCTA SIMPLICITAS –la “santa ignorancia” del oscurantismo. Era un fulgor de luz en el corazón, que llegaba a la inteligencia. Quería que sus predicadores fuesen piadosos, sí, ante todo, pero a la vez ilustrados, estudiosos, lectores asiduos, e infatigables diseminadores de la educación y la cultura.

Nada más fácil que hacer de una falsa piedad la cobertura de la indolencia y el enmohecimiento intelectuales. Nada más que pretender disimular, con una sarta de frases pías, ya bien memorizadas y sobadas, la falta de estudio y preparación. Nada más fácil que suplir la solidez del pensamiento y el fervor auténtico, jamás reñido con la ilustración, apelando al clamor de platillos y redoble de tambores de una “elocuencia” inflada y lacrimosa. Pero nada de eso tiene derecho a apellidarse “metodista” porque el metodismo genuino fue, ha sido y debe seguir siendo PIEDAD CULTA, SANTIDAD INTELIGENTE Y ESPIRITUALIDAD ILUSTRADA.


Fragmento (3 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica

También puede leer:

Primera entrega: Un avivamiento evangélico.
Segunda entrega: Un entusiasmo racional.


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martes, 14 de abril de 2015

Un entusiasmo racional


















Dr. Gonzalo Báez-Camargo

A los primeros metodistas les llamaron “los entusiastas”. Los primeros metodistas no fueron, realmente, aquellos jóvenes estrictos y tiesos del Club Santo de Oxford, que buscaban en una piedad legalista y ascética su salvación. Los primeros metodistas fueron en verdad aquellos rudos mineros de Cornwallis, aquellas mujeres rescatadas del arroyo, aquellos deshollinadores de Londres. 

Todas aquellas gentes postergadas por la sociedad –para quienes el mensaje de la gracia universal e infinita de Dios en Cristo, predicado por Wesley, fue como la irrupción de un gozo incontenible en sus vidas, antes opacas y silenciosas.

Lo que más le criticaban al metodismo primitivo los clérigos ritualistas de la Iglesia oficial y los señorones estirados de la alta sociedad inglesa, era su entusiasmo. El movimiento estuvo a punto de llamarse “entusiasmismo” en vez de “metodismo”. Porque el apodo de “entusiasta” andaba por ahí del brazo de “metodistas”. ¡Imaginémonos! Seríamos hoy la Iglesia Entusiasta, en vez de la Iglesia Metodista.

El primer sermón que predicó Wesley después de su experiencia en Aldersgate fue sobre el texto: “Y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe”. Fue un canto de victoria. El metodismo nació al son de trompetas triunfales, llevando cantos de liberación en los labios, y un venero de sagrada exaltación en los corazones. “Esa noche –escribe Wesley en su Diario- me atacaron rudamente en un gran concurso de personas, llamándome entusiasta”. Y cuando Carlos Wesley se echó por campos y plazas alzando sus inmortales himnos de gracia, amor, gozo y victoria espiritual, el metodismo se hizo un encendido cántico, y las míseras y oprimidas masas populares rompieron en oleadas de entusiasmo. “Una piedad agria –escribió otra vez el Fundador – es religión del diablo”.

Quienes hablan y escriben, a golpe de vista, y de oídas, sobre la “frialdad del protestantismo”, que pasan por alto ese fuego, esa efusión de entusiasmo y gozo rebosante, que han encarnado en movimientos como el moravo o el metodista. Las masas inglesas no habían conocido más alegría que la tórpida y artificial de los licores ni más cantos que los procaces de la taberna. Un día se sintieron poseídos de una embriaguez espiritual –como los apóstoles en el Pentecostés- y se echaron a cantar himnos de redención: había nacido el metodismo.

Pero no se piense que el metodismo primitivo se convirtió en una simple oleada de emociones desbocadas y se sentimentalismo ululante. Wesley había experimentado un profundo cambio en el corazón, pero siempre conservó la cabeza sobre los hombros. Su madre Susana lo había enseñado, desde pequeño, a razonar tan serenamente como fuera posible, antes de tomar decisiones. Y de ahí tomo la costumbre de escribir en un papel, minuciosa y hasta fríamente, el pro y el contra de cualquier cuestión, para pesar las razones de obrar en un sentido o en otro.

Identidad Wesleyana: entusiasmo racional
Así fue como más tarde, cuando llegó a su vida la arrolladora experiencia personal de la gracia, y cuando encabezó el más poderoso avivamiento cristiano de la época,  y uno de  los más poderosos de la historia, pudo combinar el entusiasmo con el juicio, el sentimiento con la inteligencia, el arrebato de la alegría con el dominio de la razón.

En las reuniones metodistas comenzaron a suceder cosas extrañas. Gente que prorrumpía de pronto en carcajadas, en gritos, en gemidos desgarradores: gente que caía al suelo retorciéndose o se ponía a bailar y saltar. Juan Wesley observó aquello con suma preocupación y decidió que todo eso era obra del diablo, que quería frustrar el gran avivamiento. Entonces comenzó, con dulzura, pero con inquebrantable firmeza, a reprimir aquellos brotes del emocionalismo sin gobierno. Sin perder su entusiasmo. EL MOVIMIENTO EXCLUYÓ LAS EXTRAVAGANCIAS Y EL METODISMO SE SALVÓ DE CONVERTIRSE EN HISTERISMO. Fue un ENTUSIASMO RACIONAL.

Conviene recordarlo cada vez que nos sintamos tentados de albergar un sentimentalismo teatral y a buscar, en los avivamientos, la excitación desgobernada de las emociones. Nada más fácil, después de todo, que sacudir el sentimiento y poner los nervios de punta. Basta con quebrar la voz, con ponerse en trance lacrimoso y usar una elocuencia voluptuosa para suscitar desde el púlpito un desbordamiento de la emoción. Y con que otros secunden con ruidos “amenes” y estentóreos “aleluyas”. Cierto que hay momentos de profundo sentir; tocamientos desde lo alto que nos llegan a lo más vivo del alma. Eso no autoriza a convertir la excitación sistemática y desatentada de las emociones en recursos bastardo de oratorio y técnica deshonesta de un seudo evangelismo.

Nuestro Señor Jesucristo, en quien habitaba la plenitud del Espíritu Santo, era la persona más equilibrada, sensata y serena que ha existido. Nada de convulsiones histéricas. Por el contrario, a los atacados y poseídos, les “echaba fuera demonios”. Tuvo sus grandes crisis personales: su cuarentena en el desierto, su Gethsemaní, pero su predicación apelaba a la inteligencia a la vez que al corazón: era un maestro que explicaba y enseñaba tranquilamente a la vez que un predicador que hacía sonar su profética voz de llamamiento. Y cuando el entusiasmo de las masas se excedía y desencaminaba “despedía a las gentes” y se iba solo “al monte a orar”.

La manera más segura de frustrar un avivamiento es convertirlo en explosión y humareda de simples emociones. Fiel discípulo de Jesucristo, Juan Wesley, lo entendió así. Yendo más allá de las impresiones del momento –cuya exageración reprimió sin vacilar- buscó en un verdadero cambio de vida y de carácter la prueba de la verdadera conversión, y de la presencia real del Espíritu Santo. Y por eso pertenece al genio del metodismo auténtico ser  entusiasta, sí, pero ENTUSIASMO RACIONAL.

Fragmento (2 de 6) del libro El reto de Juan Wesley a los metodistas de hoy, publicado originalmente en 1953 y vuelto a publicar el 2014 por el Instituto de Estudios Wesleyanos - Latinoamérica.

Puedes ver la primer entrega: Un avivamiento evangélico, AQUÍ


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